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Era raro, pero de alguna manera sabía que a pesar de estar tan lejos ahora, algún día se reencontrarían. Quizás su relación no funcionaba en ese momento, pero algo le decía que su historia aún no llegaba a su fin.

Cuando el mundo se vuelve un lugar distinto

Hay amistades que duran para siempre. Tienen momentos malos, momentos buenos y momentos atroces. Pero sobreviven. Sin embargo, no siempre pasa así. Generalmente las personas que nos encontramos en el camino suelen acompañarnos sólo por un instante. Por un breve capítulo de la historia. Y una vez cumplida su función en nuestras vidas, se van. Yo suelo ser de la gente que siempre busca al otro. Incluso cuando no están en el minuto en que los necesito, suelo estar ahí por ellos y para ellos. Claro que no siempre pasa lo mismo cuando es el caso contrario. A veces me he sentido traicionada por personas pensaba daban todo por mi. Así como yo daba todo por ellos. Debí equivocarme muchas veces para entender que la gente te busca cuando te necesita. Cuando no, se borran o te borran. Esto me ha llevado a pensar que quizás como amiga soy un fiasco. La cantidad de personas que terminan saliendo de mi vida, más la cantidad de personas que termino sacando de la mía dan un total de cero de esas que todavía se mantienen bancandome hasta el final. Y a medida que vas creciendo, cuanto más grande te haces, más intolerante nos volvemos. Más difícil es lograr abrirte con otro, y más imposible poder encontrar personas que compartan tus valores morales. Entonces si es tan difícil mantener una amistad que ya está cimentada. Que será de difícil construir una amistad desde cero. A veces el otro no te entiende. Por más que se lo expliques no logra comprenderlo. Y a veces te cansas de intentarlo. De que te duela, de que te importe. Te cansas de sentir que ya no eres útil, que ya no te necesitan, peor aún de que sólo te busquen por eso. Porque te den una bola, porque los ayudes con algo, porque los banques cuando están en problemas. Cuando te pones viejo te das cuenta de que sólo cuentas con tu familia. Y cuidado. Algunos ni esa fortuna tienen. Y ves que naces solos y te morirás sólo. Que si que muchos te llorarán en el entierro, pero cuantos podrán decir que te respondieron el mensaje o la llamada cuando intentaste hablar con ellos, los que no te cancelaron la salida o los que no pusieron pretextos para reunirse porque la vida se complicó. Porque el trabajo fue más importante, porque la pareja fue más importante, porque los compromisos fueron más importantes. Porque al parecer si no tienes una relación sexual con alguien puedes poner muy en duda tu relevancia en su vida. Porque como animales que somos, la biología prima ante la persona moral. Y es cuando te haces más frío, más distante, más reservado con tus cosas. Al final si las personas con las que contabas ya no están para escucharte, con quien se supone que vas a hablar. Así que terminas alejándote, dándoles su espacio, dejándolos vivir a su manera que aparentemente no es la tuya. Al final terminas siendo tu propio sostén, tu propio abrazo, tu propio consejo. Y cuando finalmente te das cuenta que sólo puedes contar contigo, el mundo se vuelve un lugar distinto. No es malo. No es bueno. Sólo es diferente. 

La bailarina dormida

Relato breve. Plagio literario.

Punta. Talón. Punta. Talón. Estiro brazo. Cambre. Hacia delante. Derecha. Plie. Del otro lado. El moño impecable, las medias sin agujeros, las zapatillas correctas. En el ballet todo tenía que ser perfecto. La postura, la posición de la mano, la cabeza. Lo amaba, pero a veces lo odiaba. Su profesora era especialmente dura con ella. Le gritaba frente a sus compañeras si caía, la empujaba a doblarse más en los cambres, la hacía dar más giros que a los demás. Ser la mejor de la clase no sólo implicaba tener el papel principal, y llevarse los aplausos del público. Continue reading “La bailarina dormida”

Culpa al robado no al ladrón

Vivimos en una sociedad donde si algo malo te pasa, eres el culpable. ¿Cómo es que tuviste un accidente? ¿Qué te robaron? Tienes que estar más pendientes a tus cosas. ¿A quién se le ocurre dejar la cartera en el carro? ¿Cáncer? Eso es por estar fumando… En esta ciudad no puedes andar como si nada… Te roban, te chocan, te atracan, te enfermas, no importa lo que te pase, si es “malo” es tu culpa.

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Angustiosa expectativa

Relatos.

Desde que ese vestido de flores rosas empezó a apretarle la cintura, notó que algo no estaba bien con su cuerpo. Claro, se enteró un día antes de la cirugía, cuando fue llevada de emergencias por el fuerte dolor que tenía en su vientre. “Tenemos que intervenir” fueron las palabras más horribles que pudo haber escuchado.

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Rush en el aeropuerto

Puede decirse que soy amante de los aeropuertos. Mientras algunos encuentran esa parada desesperante, incómoda, agobiante… Yo disfruto de ver a tantas personas de tantos lugares distintos encontrarse en un mismo punto en el instante exacto por un momento muy efímero. Claro, si eso no significa que tu primer vuelo se retrase y aún teniendo dos horas y media antes de tomar el siguiente tengas que correr para no perderlo.
Miami es probablemente el aeropuerto más grande del mundo… Entre ese y Barajas no deben envidiarse mucho. Pero aún así cae de sorpresa cuando llegas a la fila de migración y literalmente dura dos horas en la fila. Yllega un momento de desesperación cuando debes usar tus habilidades comunicativas y pedirles a las siete personas que tienes delante que por favor te dejen pasar, porque si no vas a perder el vuelo. Y así corres, y corres. Y pasas el chequeo de seguridad y retienen tu maleta, y el reloj sigue corriendo.  Continue reading “Rush en el aeropuerto”

Confusa ansiedad

Relatos

Todos los días a la misma hora, con una diferencia de apenas de 1 a 5 minutos llegaban a la oficina. Ella toda alegre, saludando a todos con gran algarabía, él todo callado con su andar cabizbajo. Ponchaba una, dos y tres veces para acceder a aquel cuartito oculto donde sólo ellos eran poseedores de todo el conocimiento que el arte y la cultura podrían albergar. Todas esas palabras impregnadas en tinta, en todas esas páginas que forraban cada pared de la habitación que a veces, se sentía como un iglú. Ella no lo notaba, pero cada vez que pasaba por el lado de su escritorio lograba sacarle una sonrisa que ocultaba detrás de los libros. Hacían apenas unas semanas que se había integrado al equipo, pero el pasar ocho horas todos los días encerrados en la misma habitación catalogando libros, revistas y cualquier otro material editorial que traspasara la puerta, era más que suficiente para que en él surgiera una confusión, un malestar que lo tenía ansioso, inquieto, abrumado. Había leído miles de libros, desde novelas románticas hasta tratados científicos, se había sumergido en cientos de historias con cientos de personajes, en distintas épocas y lugares, pero le parecía que en ninguna se describía por completo las emociones tan extrañas que surgían desde la boca de su estómago y que por alguna razón se quedaban atoradas en la garganta, ululando en su pecho. El ruido ensordecedor de varios libros chocando contra el suelo lo hizo salir de sus pensamientos, al tiempo en que volteaba la vista un poco desconcertado por aquella interrupción. Ella los levantaba, con cierta vergüenza. Era la cuarta vez en esa semana, sin contar el día que sin querer había entrado un yogurt a la habitación ganándose el real boche por meter comida y llamar a los insectos (en especial las hormigas) a un lugar tan sacro como aquel. Se levantó de su silla y se acercó para ayudarla a levantar los ejemplares. Al acercarse hizo una mueca que terminó en sonrisa tratando de consolarla ante aquel bochorno. Se disculpó una vez más como solía hacer, muerta de pena. “No te preocupes” dijo murmurando, a lo que ella, acostumbrada a su mutismo y bajo tono de voz asintió con la cabeza. Se pasó la mano por la pollina recién cortada, y se haló suavemente el arete izquierdo, como solía hacer cuando no encontraba qué decir o cómo actuar. Una vez erguidos, empezaron a colocar los libros en los estantes correspondientes, procurando que encajaran en el código asignado. Varios minutos transcurrieron en silencio, mientras su corazón palpitaba con aceleramiento, y una vez más el sudor nervioso aparecía. ¿Qué le pasaba? Por qué tan inquieto, por qué tanta ansiedad. A dónde había ido la paz que lo acompañaba desde hacía seis años cuando consiguió aquel trabajo que lograba aislarlo de la gente. Antes tuvo otros compañeros, con los cuales ni hablaba, alguno que otro más simpático que el resto, un buenos días, buenas tardes, cómo estás, qué tal el fin de semana, buen provecho… pero no más. Y sin embargo, ahí estaba, fuera de sí preguntándose en qué momento acabaría su sufrir. El día transcurrió sin mayores inconvenientes, cuando el reloj marcaban 5 para las 6, la escuchó apagar la computadora y empezar a recoger las cosas de su escritorio. Siempre dejaba organizado cada centímetro de su mesa, tomaba su mochila, se paraba frente a él y le deseaba un feliz resto del día. Estaba a la espera de esto cuando notó que esta vez ella le tocaba el hombro para que se volteara. Al hacerlo le sonrió y dijo: “Gracias por tenerme tanta paciencia. ¿Te gustaría ir a tomar algo? Yo invito. El se quedó perplejo un poco sorprendido. Repitiendo en su cabeza cada una de las palabras antes escuchadas. Sin responder se volteó, a lo que ella se extraño preocupada, ¿acaso lo había ofendido? Apagó el computador con toda calma, ordenó los documentos de la mesa y se puso de pie. “Vamos”, contestó al tiempo en que por dentro un millón de fuegos artificiales se disparaban y toda la ansiedad que había sentido todas esas semana de repente desaparecía dejando paso a una nueva paz. Esa que se produce cuando algo que esperas sin saber que lo esperas, llega por fin. Salieron de la sala pasando la tarjeta y caminando en silencio uno al lado del otro, hasta que ella preguntó: ¿Qué te gustaría tomar?, él la miró y sonrió.

 

Gente buena en el mundo

Relatos de la vida real

Todavía existe gente buena en el mundo. Y seguro muchas personas lo dudarán, pero es así. Ayer lo comprobé cuando saliendo a comer de mi trabajo resulta que el control de mi vehículo no funcionaba. Por más que le daba al botón, las puertas no se abrían y sabía que si entraba la llave la alarma se dispararía. Cosa poco lógica de ese sistema, pero en fin. Estaba entrando un poco en pánico, pensando que me tocaría ir a un auto adornos o algo parecido y que perdería mi hora de almuerzo sin poder comer y más encima gastaría un dinero que no tenía… cuando escucho una voz que me dice: ¿se le acabó la pila? Tras ver a los lados y notar que la voz provenía de un señor detrás de las rejas, me asusté un poco. Ahorita era un ladrón esperando a quitarme la cartera o el celular… “Seguro es la pila -repite- si usted quiere voy a la farmacia de aquí cerca y se la compro”, me dice a lo que yo seguía un poco dudosa. Me acerco y el ve el control, lo abre y saca las dos pilas en forma de moneda. Sonríe y me dice que regresa en un instante. Toma las baterías y sale en su motor. Me quedo esperando pensando en que debo sacar dinero del cajero para pagarle al hombre por aquel favor. Justo cuando pienso moverme regresa, toma la pila nueva y la coloca en el control. Le pregunto cuanto le debo y me dice que nada. Que es un herrero y que si alguna vez necesito trabajo de herrería que lo llame. Pruebo el control, y efectivamente funciona. Me despido dando las gracias una y otra vez. Llegando a tiempo para almorzar y regresar a la hora a mi horario laboral. 

De cuentos del cementerio

Relato.

Ir al cementerio era costumbre desde que su madre, víctima del cáncer se había unido a los cuerpos sin vida que habitaban allí. Dos años no eran suficientes como para pasar la página y buscar algo mejor qué hacer los 21 de cada mes. Y como cada 21 ahí estaba, sentada, cambiando las flores y relatándole a la lápida de Doña Anita, todos los sucesos del mes. Leticia, su mejor amiga acaba de conocer a un tipo por internet y parecía estar muy enamorada. Ella desconfiaba de esa clase de relaciones, pero en este nuevo mundo guiado por las tecnologías al parecer era algo muy común. Pensaba en esto, cuando de repente sintió una fría brisa rozándole el cuello, y al voltear la vista de la lápida, se asustó al notar que una chica con chaqueta de cuadros verdes estaba a menos de 2 metros de distancia. ¿De dónde había aparecido? No se había dado cuenta de su presencia hasta ese instante. La chica sonrió a lo que ella la saludó: ¿Cómo te llamas? Le preguntó. Julia. Contestó. ¿Visitas a alguien?. No, estoy llevando un registro en el cementerio para una clase, perdón por interrumpir, ya me tengo que ir. Y se retiró sin más a lo que Mariu la vio caminar entre las tumbas y perderse entre los árboles.

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