The Southwest Chief

Nuestras últimas horas en Los Ángeles, pasaron sin pena ni gloria. Entregamos la habitación a las 11 como estaba estipulado, y tomamos un Uber para comer en In&Out, la cadena de hamburguesas del west coast.  Nada muy allá la verdad. Mucho más barata que otras, pero con menos calidad. De aquí nos dirigimos al Union Station, yo esperaría hasta las seis de la tarde para tomar el tren y Juan tomaría el Uber para el aeropuerto. Nuestro viaje juntos terminaba, pero por alguna razón me daba la sensación de que mi aventura apenas iniciaba. Y claro, estaría 43 horas atravesando los Estados Unidos en un tren, sin conocer a nadie.

Al llegar a la estación me dirigí a la ventanilla de Amtrak (la empresa transportista) y luego de que un señor muy amable me atendiera les dejé mi equipo y me dediqué a esperar hasta la hora de volver a la ventanilla para que me asignaran mi número de coach en el tren. Aún faltaban como cinco horas, y las asignaciones las hacen dos horas antes. Luego de comernos unos pretzels en forma de pan y tomarnos la mitad de un vaso de soda de limón, nos despedimos. Juan tomó el Uber en dirección al aeropuerto y yo estuve caminando por la estación, la cual está dividida por un largo pasillo de cuadros de un lado del pasillo está la estación de buses por donde llegamos hacía dos días atrás, y del otro lado la estación de trenes, por donde ahora me tocaba esperar.

Ciertamente la vibra que siente cuando vas a viajar en tren es muy distinta a cuando vas en avión. Empecemos porque la gente le da mucha menos importancia a cómo se ve, y más a la comodidad y practicidad. El clima en Los Ángeles estaba caluroso, y cuando llegara a Chicago (43 horas más tarde) seguiría siendo de altas temperaturas o al menos agradables, nada frío. Pero no calculé el aire acondicionado dentro del tren.

 

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Parada en Nuevo México.

 

Luego de dar par de vueltas, y comprarme una botella de agua, hice mi fila para la asignación de asientos, volví a sentarme en el área de espera, y cuando se acercaba la hora de abordar, me dispuse a buscar el andén de partida. Como en las películas, hay una persona con uniforme anunciando: All aboard!. Busqué el carro que me tocaba, pasé mi boleto y entré en búsqueda de mi asiento. Una señora, de la cual no recuerdo el nombre estaba sentada justo al lado en la ventanilla, mientras que a mi me había tocado el pasillo. Los asientos eran amplios, y podías reclinarlos y subir las piernas, casi como para poder dormir. Al ubicarme en mi asiento, los pasajeros que iban entrando conversaban entre sí. Había una chica de unos veinte tantos que viajaba hasta Virginia, y a quien se le había perdido su ID. Un señor de unos 40 y algo, o eso parecía por la larga y descuidada barba que tenía, que parecía un homeless por sus ropas sucias y rotas, pero andaba con un bulto y dos tables. Así que asumí que era que tenía mucho tiempo viajando. Mi compañera de viaje, de unos 40, una señora fit por lo definido de sus brazos y que daba la impresión de verse más joven de lo que era. Una señora de unos sesenta, con el pelo largo y riso, canoso, y ropas largas como una hippie.

También había un señor, moreno alto, muy serio, que varias veces le tocó decirle al tipo que parecía homeless que se moviera de su asiento, el cual le tocaba en la ventanilla.

El tren del Southwest Chief  arrancó a las seis en punto, y mi señal de wifi murió. La única manera al parecer era moverse hasta el otro lado de tren e insertar una clave que no tenía. Así que después de varios intentos desistí, y me resigne a que ya no podría ver el capítulo de GOT de esa semana. Jeff, el encargado de la cafetería anunció la apertura de esta por el altoparlante, y se convirtió en la compañía de todo el viaje, dado que cada vez que abría o tomaba su break lo anunciaba. Así como cuando hubo un anuncio especial el segundo día de viaje sobre la cena.

Después de un rato, me dediqué a caminar por el tren, llegando al Observatory Room, o lo que era lo mismo que el comedor. Un vagon donde estaba ubicado la cafetería en el primer piso, y en el segundo varias mesas para recibir a al menos 5 personas por mesa y un área donde podías sentarte solo a ver el paisaje. Resulta que el viaje en tren era toda una experiencia turística, a parte de ser un medio de transporte. Nos detuvimos en par de pueblos y ciudades en todo el trayecto, y cambiamos de zona horaria dos veces.

A medida que avanzabamos por el sur hacia el noreste, el clima iba variando, lo notamos en las montañas y en los desiertos que podíamos apreciar a través de los ventanales.

La primera noche entendí por qué todo el mundo tenía una manta. Yo apenas llevaba mi chaqueta y una bufanda larga, por lo que pasé un poco de frío. Me desperté varias veces, y tuve que ir al baño, que quedaba en el primer piso en varias ocasiones. Al principio no importaba, porque estaba todo muy limpio, pero a medida que pasaban las horas el uso se hacía presente.

Al siguiente día desperté muy temprano, eran apenas las seis de la mañana cuando ya me encontraba en una mesa del Observatory Room con mi cuaderno, mi kindle y mi celular. Vi el sol aparecer y el paisaje de Nuevo México hacer acto de presencia. A las siete de la mañana Jeff anunciaba la apertura, y aproveché para comprar un chocolate caliente y un bagel (nota: la comida de la cafetería era comida enlatada, es decir, vienen en empaques y las ponen en microondas). Así que cuando a las 9 de la mañana uno de los asistentes pasó preguntando si quería anotarme para el almuerzo en el restaurante, dije que sí sin pensarlo. Entonces ahí aprovechó para preguntarme si sabía español, porque se le había hecho difícil comunicarse con una señora y su madre que estaban tratando de hacer la reserva.

 

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En algún lugar de Kansas.

 

Serví de intérprete entre el asistente y las señoras, y así fue como conocí a Marta y su madre. Dos mexicanas, que viven en Arizona, y estaban de camino a Indiana para ayudar a su hijo a mudarse, quien entraba a la universidad este semestre. Quedamos en reunirnos a la hora del almuerzo para compartir la mesa, dado que la reserva era por mesa. So si viajas solo como me pasó a mi, siempre podrás compartir tu comida con unos totales extraños.

El día avanzó, fuimos a comer, charlamos largo rato y vimos las montañas por las que pasabamos. Marta me contó la historia de su familia y el motivo de su viaje. Historia que quizás pueda contar en otro capítulo de este Coast to Coast Trip. El día pasó tranquilo, caminando de aquí para allá, escribiendo, tomando alguna siesta en mi asiento. En las paradas donde te daban de 10 a 15 minutos, nos desmontamos y estiramos las piernas, respiramos aire puro o algo así, y volvíamos. Hubo una parada que duró un poco más, y muchas personas aprovecharon para comprar comida entre otras cosas. Yo estuve a punto de comprarme otra manta, pero no tenía el efectivo suficiente y aún me quedaba una gran parte del trayecto por delante. La segunda noche la pasé con menos frío. No sé si ya estaba acostumbrada o si descubrí la manera en que mi bufanda me cubriera mejor, pero definitivamente dormí mejor.

Tanto así que al otro día cuando estábamos en Kansas City, me desperté con el sol que se colaba por la ventana, y no con el ajetreo de la policía. Había un oficial, negro y alto (como si tuviera que hacer referencia al ciclé), vestido de civil con una placa colgando del cuello, revisando el equipaje de uno de los asientos y hablando por un walkie talkie. ¿Qué buscaba? Ni idea. Alguien le dijo algo a través de la radio, tomó un bulto negro de una persona que no estaba, y cuando el chico rubio se acercó medio asustado (quien había ido al baño) preguntó qué pasaba. Al confirmar que ese bulto era del muchacho, el oficial preguntó dónde se sentaba un señor con camiseta verde y apariencia de homeless y todos señalamos al asiento de al lado. El señor revisó, tomó todo lo que pertenecía a esta persona y se fue. Unos minutos más tarde el tren volvió a ponerse en movimiento.

Nunca supe la razón, ni qué había pasado. Pero no volvimos a ver al homeless.

El resto del día transcurrió sin muchos altercados. Hubo un momento mientras estaba escribiendo en mi cuaderno que una señora de unos 80 años se sentó y empezó a hablar conmigo. Era una enfermera retirada, y se dirigía a Filadelfia para una reunión familiar que hacían anualmente. Me contó parte de su historia y se impresionó cuando le conté que tomaba fotos para un centro cultural en mi ciudad. En ese momento me sentí orgullosa de lo que hago. Finalmente a las 2 de la tarde llegamos a Chicago. Mi compañera de asiento estaba ansiosa, dado que como llegamos antes de lo esperado, podría tomar el autobus a Madison más temprano, y finalmente podría dormir en su cama. Había estado visitando a sus hijos por más de dos semanas. Ya estaba bueno.

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Vista de la ciudad de Chicago.

Cuando el tren se detuvo, salió disparada, no sé si logró alcanzar el bus de las tres de la tarde o si tuvo que esperar hasta las cuatro. Yo salí con calma. Aún me quedaba mucho tiempo para tomar mi vuelo a NYC. Al salir del vagón me di cuenta de lo largo que era el tren, camine todo el andén hasta el edificio, y luego fue a buscar mi maleta. Una vez la tuve en mano, salí de la estación y caminé hasta la parada más próxima del metro. Tomé el siguiente que pasó y me dirigí al aeropuerto. Por suerte ya conocía el camino, porque justo once días atrás había tenido que hacer el mismo recorrido pero en la otra dirección.

Al llegar al aeropuerto, todo transcurrió normal. Incluso había menos fila en el pase de seguridad. Finalmente en el gate, me dispuse a buscar un lugar para comer y sentarme a ver el capítulo de GOT en mi kindle que no había podido ver por falta de wifi. Compré en un lugar mexicano, y me senté, cuando fui a buscar mi kindle no apareció por parte. No podía creer que lo había dejado botado en el tren. Pero sí, así que terminé de comer con un sabor amargo en la boca. Bote la basura, no sin antes asegurarme de que todo estuviera en mi mochila, y me moví a un asiento más cómodo. Después de reportar mi kindle como perdido (ya no me daba tiempo a ir a la estación y volver a la hora para tomar el vuelo), me sentí y me dediqué a buscar la manera para ver el capítulo de GOT. Después de muchos intentos, logré instalar HBO Go en mi celular, y unos minutos después de terminar el episodio llamaron para abordar el avión.

La experiencia definitivamente vale la pena. Dos días y medio en tren, miles de historias por contar y unos paisajes increíbles, nada mejor para concluir esta aventura.

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