San Francisco: Mucho por ver en un día

Nos levantamos antes de que sonara la alarma, y comimos unas galletas que nuestra anfitriona nos había dejado en la casa. Una vez listos, tomamos otro Uber hacia Chinatown. La ruta estaba definida y los objetivos claros: ir a Chinatown, comer en un sitio famoso que Lucas de Dinning on a Dime presentó en su programa de Youtube, ir a las Painting Ladies, al Golden Gate, al Parque Japonés, al Lombard Street y al Pier 39. Esta vez salí preparada con un gorro y mi mega bufanda, dado que San Francisco seguía sin enterarse que estábamos en agosto y que en teoría debería estar soleado y caluroso. Nunca fue así.

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Dragon’s gate

Llegamos a Chinatown, caminamos por las calles, tomamos algunas fotos de algunos sitios emblemáticos, nos metimos por un callejón no muy agradable, y luego salimos a la multitud. Las doñas a paso de tortuga, los turistas con sus mapas y cámaras, los jóvenes a paso rápido. El ruido, la gente, los letreros en chino, los vendedores con un inglés mal pronunciado, los abuelos hablando en mandarín… Ya me estaba dando hambre cuando pasamos frente a un Starbucks, que coincidió con estar frente a un café. Aquí tuvimos la disyuntiva de si entrar a tomar un café o chocolate caliente en uno u otro. Claro que yo prefería el sitio menos famoso del país, por ser algo local. Entré al lugar, y nos sentamos en una mesa donde yo pedí un chocolate caliente (que tenía más espuma que chocolate) y mi amigo, medio molesto, un desayuno. ¿Por qué Juan estaba incomodo? Bueno, porque si comíamos a esa hora en ese momento íbamos a estar llenos para cuando llegaramos al sitio donde planeábamos comer. Claro que yo en ningún momento dije de comer nada, aunque al final me robé un cuarto de su plato.

Cuando pagamos la cuenta, nos pusimos en camino entonces al sitio aquel que todavía no sabíamos el nombre y recorrimos otra parte de la zona. Unos 25 minutos más tarde llegamos al lugar, no sin que antes una señora nos pasara un volante que valía por dos rollos de primavera gratis. Winning. Llegamos al lugar, donde al entrar puedes tocar un won si no sale alguien a atenderte. Justo cuando estuve a punto de tocarlo, se acercó una chica para atendernos. Nos sentamos en una mesa y empezamos a pedir varias cosas del menú y un té. Si me preguntan los nombres, puede ser que los engañe, porque no me acuerdo. Pero lo cierto es que todo lo que probamos estaba muy bueno. Aún me acuerdo del sabor y se me hace agua la boca. Al terminar de comer salimos y nos dimos cuenta que la calle por la que habíamos pasado anteriormente, era la misma que nos llevaba al Hang Ah Dim Sum Tea House, el lugar donde acababamos de comer y que por cierto fue la primera casa de te de la ciudad.

Caminamos entonces hacia el centro para conseguir un pase de un día para los autobuses. Así fuimos a la caseta de venta y notamos la fila de una hora que las personas estaban haciendo para montarse en el famoso tranvía de la ciudad. Así que decidimos omitir esa experiencia. Compramos los pases del bus y fuimos a la parada a esperar a que pasara el próximo bus para ir a las Painted Ladies. El chofer que nos tocó, un señor moreno, muy amable nos preguntó si necesitábamos alguna ayuda, pero como según Google sabíamos a dónde íbamos, le dijimos que estábamos “ok”. Cuando ya nos tocaba bajar, el señor nos hizo devolvernos, diciéndonos que era mejor quedarnos en la siguiente parada. Ciertamente nos ahorró caminar una cuadra de la colina, al llegar a la siguiente parada, nos dijo muy sonriente que cuidado si nos perdíamos. Caminamos entonces hacia la dirección que nos dío, y llegamos a un parque, Alamo Square que está justo frente a las casas. Luego nos dimos cuenta que si hubiéramos seguido por dónde íbamos, no hubiéramos tenido que atravesar el parque para llegar a las Painted Ladies.

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Painted Ladies

¿Y qué es eso? Bueno son unas casas victorianas, muy bonitas, pegadas una de la otra, y muy famosas porque salen en todos los intro de programas de televisión hechos en la ciudad: Charmed, Full House, Fuller House, etc. ¿Qué es lo chulo de las casas? El estilo arquitectónico y los colores con los que están pintados. ¿Por qué es una atracción? Bueno, definitivamente ellos no han ido a Rep. Dom. y no han visto las casas coloridas que hay en algunas urbanizaciones y barrios, y por eso es algo llamativo. ¿Qué pensará la gente que vive en esas casas? Deben estar acostumbrados, de hecho mientras estábamos en el parque tomando fotos, vimos a varios llegar, estacionarse en la calle y entrar, como si nada.


De ahí tomamos el autobús al Golden Park. Y luego de atravesar un área que parecía puro monte, llegamos al centro, donde se encontraban algunas fuentes, esculturas y carritos de comida. Aprovechamos entonces para comer Indie Food. Buena, pero picante y tan fuerte como me la imaginaba. Como el picante atravesó mi boca y me hizo un hoyo en la garganta, aproveché e hice otra fila para un puesto de bebidas y pedí un Chai Latte. Realmente fue un Latte con café, pero como no me gustó el café y no le eché azúcar, lo cambie por el Chai que Juan había pedido. Sorry Juan.

Caminamos entonces al jardín Japonés, y pagamos nuestros nueve dólares cada uno para entrar. Estuvimos un buen rato recorriendo los caminos del jardín, tomando fotos, nos sentamos un rato a admirar la belleza del mini lago, y cuando finalmente nos decidimos a irnos, se me ocurrió ir al baño. Claro que en el camino entré a una tienda donde cobran dos dólares por adivinar tu fortuna. Tras esperar a que la señora me atendiera, esta tomó unos palitos de madera con unos números al borde, los movió y luego me pidió que tomara uno, salió el 6. Luego con ese número fue a una caja con ese número, y me pidió que tomara un papelito. Si la fortuna que me salía no me gustaba podía dejarla en el árbol de la suerte, si me gustaba, podía llevarmela. Pero era muy importante que si era una mala mala fortuna, debía dejarla en el árbol. Al final me gustó lo que leí y me la llevé. Me acordé de pasar por el baño, y luego salimos del parque para tomar el autobús al Golden Gate.

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Lombard Street

Cuando llegamos al punto turístico el sol empezaba a asomarse (finalmente), habían más autobuses y muchas personas se tomaban fotos desde distintos puntos. Yo, como niña pequeña, e igual que cuando fui al Coliseo de Roma, empecé a brincar como loca emocionada. Tomamos algunas fotos, y luego empezamos a recorrer los caminos del lugar. Después de recorrer por las rutas de un lado, caminamos hacia el otro que te lleva hasta unas playas y unos fuertes, donde antiguamente se fabricaban armas. Antes de llegar al primer punto, debí devolverme porque la fuerte brisa fría me provocó ganas de ir al baño, a parte de que estaba loca por tumbarme el gorro y me tenía caminando de lado. Al llegar al baño, había una fila muy larga y como sabía que no me iba a aguantar (ya tenía como media hora aguantando), me metí en uno de los baños portátiles que había cerca. Cosa más desagradable. Al menos resolví, y por suerte llevaba manitas limpias y toallitas húmedas. 

Seguimos el trayecto y caminamos hasta donde nos dio los pies. Al menos aquí el sol temrinó de salir (aunque fuera ya casi el final del día). Juan quería llegar a un punto específico para una foto, pero al parecer lo habíamos pasado, o habíamos tomado el camino que no era. Regresamos entonces y mientras su celular se había quedado sin batería, el mío estaba sin señal de internet y ya los puestos de información y cafetería habían cerrado. Así que no teníamos ni idea de cómo llegar al Lombard Street, la siguiente parada. La opción uno era tomar el mismo autobús que nos había dejado y devolvernos al parque, para ver si el internet no entraba por la señal de la zona. Pero no sabíamos si se devolvía o si avanzaba o cuánto tardaba en llegar. La siguiente opción era tomar un taxi de los muchos que estaban esperando a ser abordados por los turistas para llegar al siguiente punto turístico. Así que nos fuimos por la opción más segura y tomamos el taxi, que por suerte cogía tarjeta de crédito. Media hora más tarde llegamos al atasco de la Lombard Street, y el taxista nos pidió desmontarnos en la esquina, dado que si se metía en esa calle, iba a durar dos horas. Para su fortuna, ahí mismo recogió a otros clientes.

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Alcatraz Island

Como estábamos al inicio de la calle, desde arriba, no se notaban del todo las curvas, aunque podías verlas por los vehículos que estaban pasando. Aquí me pregunté, ¿por qué se habrán inventando hacer un jardín en esta calle? Así que empezamos a bajar los escalones que están colocados donde debería estar una acera, y al final de la calle nos encontramos con un grupo de turistas tomando fotos. Después de durar un rato aquí viendo como los autos básicamente tenían que poner el freno de mano y bajar en neutro (mínimo), empezamos a caminar hasta la costa para así llegar a nuestro último destino del día.

El Fishermans Wharf de San Francisco es como un enorme mercado con puestos de comida donde puedes encontrar todo tipo de mariscos con formas distintas. Por ejemplo, en uno de los puestos nos detuvimos a comernos un chowder soup en un enorme pedazo de pan. Algo típico de la zona al parecer. Después de calentarnos con la sopa de mariscos, caminamos por el puerto desde donde se podía apreciar la isla de Alcatraz, una de las prisiones más famosas del mundo, donde antes paraban todos los criminales de alto calibre, y creo que hasta los torturaba. Continuamos el camino por la zona tomando fotos hasta llegar al Pier 39, el Coney Island de San Francisco. El sol empezó a caer, y tras atravesar el Pier nos dispusimos a buscar donde comer, preferiblemente que fuera adentro, dado que la temperatura empezaba a bajar, aún cuando el sol finalmente se digno en salir, aunque ya fuera para irse.

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Fishermans Wraf

Terminamos en un sitio con tema de surf, sentados en una ventana que daba al mar y desde donde se podía ver el puerto y la isla. Nos dimos una jartura de camarones y me tome una Root Beer, una especie de malta que por si sola llena. Al salir ya era de noche y pedimos el uber de regreso a la casa.

La meta se cumplió y si, esta parte del viaje se ve muy larga, pero francamente hicimos demasiadas cosas en tan solo 14 horas. Ya estábamos a mitad del viaje juntos, y todavía nos esperaban tres días en Los Ángeles y un día de viaje por autobus.

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