De costa a costa: Día 01

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Mi mejor amigo y yo habíamos estado hablando de este viaje desde el año pasado, y en marzo finalmente empezamos a darle forma. Compramos los vuelos que tomaríamos juntos, hicimos las reservas de los lugares donde nos íbamos a quedar (que nos costaron más caros de la cuenta), descargamos Google Trips en nuestros teléfonos para ver opciones de sitios para visitar, y cosas para hacer, y ya sólo nos quedaba a esperar que llegara el día. Claro que los meses previos fueron un poco turbulentos. Entre el trabajo y la muerte de un familiar muy querido, la emoción por el viaje iba disminuyendo. Pero ya había mucho dinero invertido, y en elfondo era algo que quería hacer sí o sí.

Llegó el día de tomar el primer avión, cada quien desde la ciudad donde actualmente reside. El llegaba más temprano que yo, mientras se instalaba en el Loft, yo leía libros y veía series en el segundo aeropuerto esperando por el segundo vuelo. Claro que en todas esas horas desde que puse un pie en el aeropuerto en mi ciudad pasó de todo: Devolverme a buscar el papel de migración, porque no lo tenía cuando vi al oficial. Entrar a un baño no apto para humanos por una emergencia estomacal, asientos sobrevendidos en el primer vuelo y la oferta de la aerolínea a algunos voluntarios cambiar sus asientos a cambio de 200 dólares y tomar otros vuelos ya fuera esa misma tarde en otra ciudad o a la mañana siguiente en ese mismo aeropuerto.

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Para mi fortuna, entré al avión sin problemas, me dormí el vuelo entero y pasé migración en Miami más rápido de lo que pensé. Thanks God por los autogate y el pasaporte biométrico. Once horas después estaba en Chicago, saliendo del avión, no sin antes pasar por el baño que me dejó impresionada (con un sensor automático que al pasar la mano hace que cambie la funda de la tapa y así te puedas sentar tranquila sin temor a mojarte o adquirir alguna bacteria rara). Caminé hasta el área de reclamo de equipaje pasando por un pasillo lleno de banderas y con un enorme globo terráqueo dando la bienvenida a la ciudad. Bajé las escaleras eléctricas y al final se encontraba él esperando por mi. A los pocos segundos nos dimos ese abrazo que tantas ganas teníamos de darnos, habían pasado ochos meses desde la última vez que nos vimos. Caminamos entonces a la correa por donde estaban saliendo las maletas, y esperamos a que saliera mi equipaje.

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Mi amigo me ayudó a llevarla, y caminamos hacia la salida subterránea que nos llevaba al metro. Nos paramos en una de las máquina para comprar un ticket, y tras pagar 20

dólares por un pase de tres días, nos montamos en el tren que nos llevaría al centro de la ciudad. En el camino, venía observando la carretera, dado que hay una parte de la ruta que el metro la toma por arriba, a la misma altura de la calle, y ya luego entonces unas paradas más allá empieza a pasar por el subterráneo. Cuando llegamos al loft lo primero que agradecí fue el haber llevado una maleta pequeña. Para entrar había que subir una línea de escaleras que te llevaba al segundo piso, donde te recibirán para hacer el check in. Aquí nos detuvimos para yo firmar la hoja de entrada. Luego subimos al tercer piso donde se encontraba mi habitación. Un cuarto pequeño, con una mesita tipo escritorio, y un camarote que incluia sábanas, almohadas y toallas. Subimos a la cuarta para conocer el área común, donde había una familia compartiendo y jugando juegos de mesa. Había un gran sofá, una televisión, una mesa larga que servía de comedor, una mesa de billar, y un estante con varios libros y juegos. De igual manera estaba la cocina donde podías colocar las cosas que necesitarás como leche, pizza fría, etc.

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Tras descansar un rato en el loft, salimos a caminar por las zonas más cercanas, que resultó ser un punto de restaurantes, bares y otros negocios. Las calles estaban llenas. En todos los negocios que pasamos habían personas riendo, tomando o comiendo. Había de todo, desde un lugar de comida mexicana, hasta varios restaurantes de comida coreana. Como había dejado mi ID en la habitación y la mayoría de los lugares eran restaurantes/bar nos costó un poco decidirnos donde poder comer, hasta que preguntamos a san Google/Yelp, y nos llevó a The Riot Feast, un restaurante con una temática distinta y divertida. Música rock, una película en blanco y negro muda proyectada en una pared, un menú completo por el valor de 30 dólares (que incluye varios platos y te lo comes todos… claro, siempre puedes dejar algo, pero igual te lo van a llevar a la mesa) y una decoración totalmente distinta, son parte de la experiencia única que ofrece el Riot.

Luego del postre volvimos al loft para descansar, dado que al siguiente día nos tocaba levantarnos temprano para aprovechar el día y conocer lo más que pudiéramos. También, el desayuno cerraba hasta las 10 a.m.

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