Un lugar mágico lleno de historias

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Cronopio Café

Hacía mucho que tenía ganas de ir a ver una película al cine. Finalmente el sábado en la tarde era el momento ideal para ir, le avise a algunos amigos, pero al final fui sola, vi la película rodeada de niños y familias, me reí muchísimo y salí con ganas de comer algo. Uno de mis amigos me había invitado a pasar por su casa después de la película, pero cuando le escribí para ver si seguía la oferta, no me respondió. Como seguía en la calle, y estaba cerca de lo que llamamos el centro de la ciudad, me acordé de un lugar que me habían recomendado a donde podías ir a leer libros y tomar café. No soy muy dada a tomar café al menos que tenga caramelo, chocolate y esté frío, pero cualquier lugar donde sirvan café y haya libros es más que bienvenido. De hecho echaba muy en falta un lugar donde pudieras hacer algo así en Santiago de los Caballeros.

Así que luego de dar varias vueltas por la ciudad, enviar algunos mensajes y preguntarle a Google Maps, llegué a la Benito Monción, la calle peatonal que ahora es conocida como el ‘Bulevar de los Artistas’. Usando Dao al Pecao como referencia, empecé a fijarme en los otros lugares de la calle. Así me di cuenta que habían al menos tres locales más, un poco más pequeños con un aire bohemio. En el último de los sitios, había un grupo de personas con unos instrumentos, y como no vi libros, seguí de largo. Camine hasta casi el final de la calle, donde ya no había luz y al notar que no había nada me regresé por el mismo camino, y me fije mejor en los lugares por los que había pasado.

Efectivamente, aquel pequeño lugar donde estaban esas personas tocando era Cronopio Café, un lugar mágico lleno de historias. Desde que entré supe que me gustaba. Habían instrumentos de música un teclado, guitarra, unos bongo, libros, una barra en forma de L con un estante lleno de tazas en la pared. Un chico que jamás había visto me saludó y se refirió a lo contradictorio que era el suéter que llevaba por ser de color verde pero tener la palabra pink como emblema. No estaba muy segura de si debía pedir algo, pero como nadie más se acercó ni se fijó en mi, seguí hasta el fondo y me senté justo frente a la barra detrás de una columna donde reposaban un grupo de libros. Me puse a observar los títulos y de entre todos los que vi encontré uno que decía: ¿Por qué a mi?. Lo empecé a hojear, leí el epílogo, y acomodándome en el banco de madera, me dispuse a iniciar la lectura.  Un chico de barba y cabello largo se acercó preguntando si podía colocar su cámara Canon en la barra, a lo que le dije que si, luego se volteó me sonrió y me dijo que tenía una bonita voz, luego siguió su camino. Una chica de rizos largos pasó y atendió a otra de rizos cortos. El grupo de la esquina empezó a entonar Wonderwall improvisando melodías y ritmos, mientras yo continuaba la lectura, cada vez más interesada en la historia.

Al rato los chicos de la esquina entonaron el Muelle San Blas de Maná, entre risas y charlas. Un muchacho de algunos 20 se acercó, esta vez del otro lado de la barra, y mientras preparaba jugos, fregaba los vasos sucios y organizaba el área, preguntó mi nombre y signo zodiacal, cuando le respondí exclamó: “eres la quinta Dahiana que conozco que es piscis”. Así entablamos una conversación que se veía interrumpida por las personas que se acercaban. Detrás de mi en una mesa, la chica de risos largos se acababa una empanada y se disponía a vencer a su rival en una mano de parchís.

Con el chico me enteré de que el lugar apenas tenía dos meses desde su apertura, que la dueña, quien acaba de ganar la mano del juego de mesa, amaba el café y los libros, y se le ocurrió poner un lugar donde las personas pudieran ir a leer. Realmente, se lo agradecí. También, que después de haber puesto el negocio no había vuelto a sentarse a tomarse un café al leer, pero que les estaba yendo muy bien, tanto que habían veces que las personas se quedaban paradas. Y claro, es que una de las cosas que lo hacen fascinante es lo pequeño e intimo que es el lugar. Apenas cuenta con dos mesas de madera cuadradas y dos bancos en la barra. También supe que aceptan donaciones de libros, y que por el momento sólo se aceptaba efectivo.

Terminé de leer el segundo capítulo del libro, lo volví a colocar donde lo encontré, y me despedí prometiéndome a mí misma que volvería a aquel sitio donde se respiraba un aire totalmente distinto. Un lugar, totalmente fascinante.

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