La bailarina dormida

Relato breve. Plagio literario.

Punta. Talón. Punta. Talón. Estiro brazo. Cambre. Hacia delante. Derecha. Plie. Del otro lado. El moño impecable, las medias sin agujeros, las zapatillas correctas. En el ballet todo tenía que ser perfecto. La postura, la posición de la mano, la cabeza. Lo amaba, pero a veces lo odiaba. Su profesora era especialmente dura con ella. Le gritaba frente a sus compañeras si caía, la empujaba a doblarse más en los cambres, la hacía dar más giros que a los demás. Ser la mejor de la clase no sólo implicaba tener el papel principal, y llevarse los aplausos del público.

Representaba horas extras, más pirues fallidos, más moretones en las rodillas, más uñas salidas de los pies. Más dolor. Y claro si quería continuar en la compañía, era el precio que tenía que pagar. Sus padres no habían invertido tanto dinero en clases de ballet para que al final lo tomara como un simple pasatiempo. No. Tenía que ser la mejor. Su maestra fue especialmente dura. Se acercaba una presentación muy importante y todos debían dar el extra. Ni cuenta se dio cuando el reloj marcó las 10 de la noche. Sus compañera reían  animadas, cosa que ella no entendía. Vamos para casa de Lea, la invitaron. No, fue su respuesta. Aún no me sale el paso. Pero Clara, ya es tarde, debes estar muerta. Comentó una de las chicas, lista para irse. Muerta estaré si no logro este paso. Una vez más se quedó sola en el estudio frente al espejo. Un pirue. Dos pirues. Pierna arriba. Espera. Baja, una vez más. Al piso. Había perdido la cuenta de cuantas veces se había caído. Su cuerpo exhausto le daba señales que su cabeza no entendía. Pero el paso tenía que salir si o si. Una vez más. La siguiente lo lograría. Un pirue. Dos pirues. Pierna arriba. Espera. Baja, una vez más…

No supo si lo logró o si perdió el conocimiento a mitad del último giro sobre sus puntas. De repente sus ojos se nublaron, sintió el desequilibrio en su cuerpo y todo se fue a negro dejandose caer con la gravedad. Cuando el guachimán pasó haciendo su ruta nocturna no se sorprendió al encontrar el cuerpo desmayado de una de las bailarinas. En sus 20 años ya había ocurrido otras veces. Pero cada vez se alarmaba más. Llamó de inmediato a emergencias al ver que por más que la movía, la chica no despertaba. Los paramédicos llegaron de inmediato. Era el tercer caso de la noche que atendían, se vieron aliviados cuando solo se trataba de un desmayo, y no un herido de bala como hacía tres horas atrás.

Al momento de llevarla en la camilla Alex no dejaba de mirarla. Había algo en ella que le llamaba especialmente la atención. De camino al hospital siguió con todos los requerimientos propios de la situación, le administró un suero para que le subiera el azúcar, analizó su ritmo cardiaco, y revisó por quinta vez si sus pupilas reaccionaban a la luz. Nada. Al llegar a la clínica fue llevada a emergencias, y tras algunos chequeos decidieron dejarla interna, dado que algo en su sistema no estaba bien. Sus padres llegaron pocas horas después y tras ser informados sobre la situación, trasladaron a Clara a una habitación privada. Seguía dormida cuando Alex regresaba de su último turno a la mañana siguiente.

No había estacionado la ambulancia y ya se encontraba averiguando a qué habitación la habían llevado. Aprovechó un momento en que no había nadie y entró para revisar su estado. Los globos, las flores y los mensajes de aliento inundaban el lugar. Clara… leyó en la hoja ubicada al pie de la cama. Se quedó unos minutos viéndola y se retiró al escuchar su celular. Cuarenta ocho horas después Clara seguía dormida, Alex la visitaba antes y después de terminar su turno. Estaba ahí unos minutos y se iba. Sus padres empezaron a invertir mucho dinero en todos los estudios posibles para determinar su condición. Pero la causa de su coma seguía sin definirse. Con el tiempo las enfermeras y todos los que trabajaban en el hospital empezaron a llamarla bella durmiente. Los rumores llenaban los pasillos, y las apuestas sobre si algún día despertaría estaban sobre la mesa.

Lea y otras de sus compañeras la visitaban interdiario, se sentaban a contarle cómo iba todo mientras ella seguía en “coma”. Habían elegido a otra bailarina principal, y los ensayos eran más duros que nunca. La profesora estaba más gruñona que de costumbre. En algunas ocasiones se encontraron con Alex, y tras saber que él había sido el paramédico que la atendió, todos incluyendo sus padres, simpatizaron con el muchacho, quien además tenía buen perfil. A las tres semanas, él ya sabía todo lo que necesitaba sobre la bella durmiente. Empezó a investigar por su cuenta sobre su condición, y siempre que descubría algo nuevo se lo comentaba a su médico de cabecera. Pronto cumplirían cuatro semanas de conocerse, o bueno, de él conocerla a ella. La cantidad de globos y mensajes de alivio habían disminuido drásticamente, así como las visitas.

Alex acababa de llegar de terminar su turno, se sentó en la silla de siempre, y sacó de su bolso un libro con apuntes, donde había anotado todo lo referente al caso de Clara. Leyó un par de páginas, y luego dejando el libro a un lado, acercó la silla y la tomó de la mano. Es increíble que en todo este tiempo me haya enfocado tanto en tí y que al despertar ni siquiera sepas mi nombre. Ella seguía dormida sin reaccionar. El suspiró y sonrió. Supongo que tendré que presentarme apropiadamente cuando revivas. Con la otra mano le acarició la mejilla y se sorprendió de la suavidad de su piel. Pero se asombró más aún, al sentir sus dedos moverse dentro de su palma. ¿Clara? Preguntó esperando alguna señal. Al no pasar nada, se recostó en la silla y volvió a tomar sus apuntes. Debo haberlo imaginado. Se quedó dormido antes de que pudiera escucharla pronunciar su nombre entre sueños.

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