Confusa ansiedad

Relatos

Todos los días a la misma hora, con una diferencia de apenas de 1 a 5 minutos llegaban a la oficina. Ella toda alegre, saludando a todos con gran algarabía, él todo callado con su andar cabizbajo. Ponchaba una, dos y tres veces para acceder a aquel cuartito oculto donde sólo ellos eran poseedores de todo el conocimiento que el arte y la cultura podrían albergar. Todas esas palabras impregnadas en tinta, en todas esas páginas que forraban cada pared de la habitación que a veces, se sentía como un iglú. Ella no lo notaba, pero cada vez que pasaba por el lado de su escritorio lograba sacarle una sonrisa que ocultaba detrás de los libros. Hacían apenas unas semanas que se había integrado al equipo, pero el pasar ocho horas todos los días encerrados en la misma habitación catalogando libros, revistas y cualquier otro material editorial que traspasara la puerta, era más que suficiente para que en él surgiera una confusión, un malestar que lo tenía ansioso, inquieto, abrumado. Había leído miles de libros, desde novelas románticas hasta tratados científicos, se había sumergido en cientos de historias con cientos de personajes, en distintas épocas y lugares, pero le parecía que en ninguna se describía por completo las emociones tan extrañas que surgían desde la boca de su estómago y que por alguna razón se quedaban atoradas en la garganta, ululando en su pecho. El ruido ensordecedor de varios libros chocando contra el suelo lo hizo salir de sus pensamientos, al tiempo en que volteaba la vista un poco desconcertado por aquella interrupción. Ella los levantaba, con cierta vergüenza. Era la cuarta vez en esa semana, sin contar el día que sin querer había entrado un yogurt a la habitación ganándose el real boche por meter comida y llamar a los insectos (en especial las hormigas) a un lugar tan sacro como aquel. Se levantó de su silla y se acercó para ayudarla a levantar los ejemplares. Al acercarse hizo una mueca que terminó en sonrisa tratando de consolarla ante aquel bochorno. Se disculpó una vez más como solía hacer, muerta de pena. “No te preocupes” dijo murmurando, a lo que ella, acostumbrada a su mutismo y bajo tono de voz asintió con la cabeza. Se pasó la mano por la pollina recién cortada, y se haló suavemente el arete izquierdo, como solía hacer cuando no encontraba qué decir o cómo actuar. Una vez erguidos, empezaron a colocar los libros en los estantes correspondientes, procurando que encajaran en el código asignado. Varios minutos transcurrieron en silencio, mientras su corazón palpitaba con aceleramiento, y una vez más el sudor nervioso aparecía. ¿Qué le pasaba? Por qué tan inquieto, por qué tanta ansiedad. A dónde había ido la paz que lo acompañaba desde hacía seis años cuando consiguió aquel trabajo que lograba aislarlo de la gente. Antes tuvo otros compañeros, con los cuales ni hablaba, alguno que otro más simpático que el resto, un buenos días, buenas tardes, cómo estás, qué tal el fin de semana, buen provecho… pero no más. Y sin embargo, ahí estaba, fuera de sí preguntándose en qué momento acabaría su sufrir. El día transcurrió sin mayores inconvenientes, cuando el reloj marcaban 5 para las 6, la escuchó apagar la computadora y empezar a recoger las cosas de su escritorio. Siempre dejaba organizado cada centímetro de su mesa, tomaba su mochila, se paraba frente a él y le deseaba un feliz resto del día. Estaba a la espera de esto cuando notó que esta vez ella le tocaba el hombro para que se volteara. Al hacerlo le sonrió y dijo: “Gracias por tenerme tanta paciencia. ¿Te gustaría ir a tomar algo? Yo invito. El se quedó perplejo un poco sorprendido. Repitiendo en su cabeza cada una de las palabras antes escuchadas. Sin responder se volteó, a lo que ella se extraño preocupada, ¿acaso lo había ofendido? Apagó el computador con toda calma, ordenó los documentos de la mesa y se puso de pie. “Vamos”, contestó al tiempo en que por dentro un millón de fuegos artificiales se disparaban y toda la ansiedad que había sentido todas esas semana de repente desaparecía dejando paso a una nueva paz. Esa que se produce cuando algo que esperas sin saber que lo esperas, llega por fin. Salieron de la sala pasando la tarjeta y caminando en silencio uno al lado del otro, hasta que ella preguntó: ¿Qué te gustaría tomar?, él la miró y sonrió.

 

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