De cuentos del cementerio

Relato.

Ir al cementerio era costumbre desde que su madre, víctima del cáncer se había unido a los cuerpos sin vida que habitaban allí. Dos años no eran suficientes como para pasar la página y buscar algo mejor qué hacer los 21 de cada mes. Y como cada 21 ahí estaba, sentada, cambiando las flores y relatándole a la lápida de Doña Anita, todos los sucesos del mes. Leticia, su mejor amiga acaba de conocer a un tipo por internet y parecía estar muy enamorada. Ella desconfiaba de esa clase de relaciones, pero en este nuevo mundo guiado por las tecnologías al parecer era algo muy común. Pensaba en esto, cuando de repente sintió una fría brisa rozándole el cuello, y al voltear la vista de la lápida, se asustó al notar que una chica con chaqueta de cuadros verdes estaba a menos de 2 metros de distancia. ¿De dónde había aparecido? No se había dado cuenta de su presencia hasta ese instante. La chica sonrió a lo que ella la saludó: ¿Cómo te llamas? Le preguntó. Julia. Contestó. ¿Visitas a alguien?. No, estoy llevando un registro en el cementerio para una clase, perdón por interrumpir, ya me tengo que ir. Y se retiró sin más a lo que Mariu la vio caminar entre las tumbas y perderse entre los árboles.

Se arregló el cabello aunque sus rizos seguían perfectos, y la luz que se asomaba por los árboles le daban unos reflejos color miel que resaltaban sus ojos claros. Se preguntó qué tipo de clase hace que los estudiantes fueran a hacer tareas al cementerio, pero al ver el reloj notó que se le hacía tarde para la cena y tía Silvia volvería a regañarla una vez más. Todavía no entendía cómo dos personas tan diferentes podían ser familia. Su madre, una diseñadora de renombre, elegante y humilde, la apoyaba incluso cuando se le ocurrían las ideas más descabelladas, mientras su tía, gruñona y aburrida, solo esperaba a que metiera la pata para echarselo en cara. Al siguiente mes volvió al cementerio como siempre, y cambiando las flores viejas por nuevas, contaba como Joselito se iba de viaje por un año sabático, disque a descubrir su sentido en la vida, y al parecer las cosas entre Leticia y su novio iban tan bien que el muchacho iría esa misma semana a conocer a los padres. Volvió a ver a Julia pasar, con la misma chaqueta y el cuaderno en manos, notando que la vestimenta que llevaba la hacía ver más cuadrada de los que su figura poco sinuosa era en realidad. Mariu entonces aprovechó para aclarar la duda que tenía sobre aquel extraño registro, a lo que Julia jugando con su cola de caballo le respondió en un aire de ausencia que en el cementerio habían árboles de distintas especiales y crecía un musgo en particular. Continuaron conversando, hasta que a ambas se les había acabado el tiempo y tenían que retirarse a sus asuntos.

Otro mes transcurrió y las noticias ya hablaban de la boda de Leticia que después de casarse se iría a vivir con el empresario extranjero que conoció por messenger. De las fotos de Joselito en Machu Pichu y besando una Llama, y del nuevo trabajo que ella había conseguido a pesar de las predicciones de su tía Silvia. El empleo era la primera cosa buena que le había ocurrido en los últimos tres años. Se sentía emocionada y a la vez nostálgica, pero sobretodo se sentía sola, y claro con todo el mundo yéndose y su mamá muerta, no era de extrañar. Reflexionaba sobre esto cuando vio pasar a Julia, era la tercera vez que se veían y le extrañaba que la chica siguiera con su reporte tras tres meses de trabajo. Se despidió de la lápida y sin pensarlo mucho la siguió para saber por qué seguía allí. Caminó un par de metros a la izquierda, notando lo descuidadas que estaban muchas de las tumbas, algunas con flores marchitas quizás tan viejas como la lápidas, o un poco deterioradas. Tres pasos a la derecha, y ahora sólo veía una sombra de Julia. Cuando finalmente se detuvo y se paró frente a la lápida para leer su nombre escrito al lado de la cruz:

Aquí yace Julia Méndez, amada hija y hermana.
1925-1942.

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