De lujurias y otras tonterías

Relato.

Parecía como si hubiera pasado todo un mes, cuando apenas eran las 3:00 de la tarde. Llegar al autobús a tiempo fue más que una fortuna, una dicha. No importaban las más de tres décadas que llevaba a la espalda, o los años de matrimonio fallido que se colaron en su vida, su ancha espalda, esas pantorrillas que se asomaban por las bermudas, y los brazos fornidos con los que sostenía la maleta de 10 kilos, daban la imagen de un hombre al que nada lo detenía.

Pero ahora, sentado al lado de la vetanilla con los ojos cerrados y respirando pausadamente, dejaba notaren su expresión el cansancio que le producía estar despierto desde las 5:00 de la mañana del día anterior, arrastrando el equipaje por tres ciudades distintas. Sólo debía soportar cuatro horas más de trayecto para llegar a su destino final y disfrutar de la cama que antes compartía con su mujer y que ahora compare con la primera extraña que le acepte la copa de la noche.

Ya estaba en ese estado de somnolencia que provoca el sonido del aire acondicionado en el bu, cuando sintió que algo movía su pierna en un movimiento brusco que lo hizo abrir los ojos a regañiendas. Escuchó un “disculpe si lo desperté”, que le sonó a un café con leche y exceso de azúcar un lunes en la mañana. Se desperezó y abriendo más los ojos se topó con una mirada profunda expresada a través de unos ojos café y unas cejas pobladas que le daban la sensación de ser extranjera. La mujer se sentó y se acomodó  el cabello en un moño alto al tiempo que se recostó del espalda y sonrió con alivio. Gustavo la observó curioso, y sin ponerle mucho caso giró la vista hacia la ventanilla. Sin embargo, no pasaron ni dos minutos cuando sintió que le rozaban la piel del antebrazo con unos dedos tibios y suaves que le hicieron erizar los pelos de la nuca.

Volteó el rostro y una mirada risueña lo recibió mientras le decía: ¿Largo viaje? – No tiene idea, respondió. La mujer entonces se acomodó en su asiento, dejando entre ver el escote que se asomaba entre las dos naranjas que adornaban su pecho.

-¿Cómo te llamas?- preguntó Gustavo al notar que esta quería continuar la conversación.

– Si te lo digo, tendría que dormir contigo- contestó.

El ya veía por donde iba la cosa, y decidió jugar el juego. La conversación continuó entre roces que se sucedían de palabras, donde por alguna razón confesó extrañar a su esposa, más no deseaba cambiar la vida fascinante que llevaba ahora. No por mucha falta que hiciera, la vida era menos entretenida, le dijo.

– ¡Qué suave es tu piel!- exclamó sorprendido al tocarle las rodillas desnudas que la falda naranja dejaba al descubierto. Dos horas y media transcurrieron como si nada y la parada de 15 minutos que solían hacer los autobuses de la compañía llegó sin ser esperada. Aprovechó entonces para surtir la cartera con un condón, parecía que los planes de la noche cambiaron y su cama recibiría otra visita inesperada. Regresó al autobus y la encontró sentada en su lugar, con las piernas cruzadas bailando con el talón del pie. Le extendió la botella de agua que había pedido y se sentó en el lugar que quedaba vacío a su lado.

Ella le acariciaba el cabello de vez en cuando, y la conversación se hacía cada vez más profunda. De movimientos lentos, de roces sensuales, de susurros en los oídos, de risitas picaronas. Una voz sonó en las bocinas anunciando la parada, y antes de bajar del vehículo Gustavo volvió a preguntarle su nombre, a lo que ella sonrió y lo besó en la mejilla – Me saliste muy curioso Gustavito- le respondió rozando su tobillo con el pie- Si me llevas a tu casa, quizás podría pensar en decírtelo.

La gente empezó a salir, él le dio paso para que pasara primero y una vez fuera se acercaron a recoger sus valijas. Mientras esperaban a que el auxiliar del chofer terminara de sacar el equipaje, ella le susurraba cosas al oído al tiempo en que le acariciaba el cuello, y pasaba su mano por el trasero como si aquel cuerpo fuera suyo. Él se reía. Tomó su maleta mientras le preguntaba cuál de los bultos era el suyo, a lo que ella sólo señaló la mochila que llevaba en mano.

-¿Equipaje ligero?- Le preguntó mientras la tomaba de la mano y empezaban a caminar hacia la salida de la estación.

-Es mejor para los viajes largos- contestó ella, al tiempo en que le adelantaba el paso caminando con más sensualidad de lo que hubiera deseado. Gustavo no sabía si podría esperar hasta tomar un taxi para ahogar los fervientes deseos que iban en aumento. Venía tratando de evitar que el pajarito se le saliera por los pantalones, cuando de repente ella se detuvo, volteo a verlo y le hizo señas de que iría un momento al baño. Él la vio entrar al pasillo de los sanitarios, y cuando esperaba buscó su billetera para confirmar si tenía dinero en efectivo para el taxi, pero no la encontró. Por más que buscó entre sus bolsillos, no aparecía. Pronto se dio cuenta que la misteriosa mujer que lo había seducido, tampoco volvería. Se llevó la billetera con todo y condón.

 

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s