1000 palabras: El asunto de las experiencias

Y que cada experiencia, incluso las malas, sirven de algo.

Primero que nada, sorry, again. Desde la tormenta Erika he estado ausente. ¿Por qué? Bueno, me parecía más interesante salir viva de la ciudad y llegar a casa, para luego descansar, que tratar de inventarme un tema del cual escribir y que al final la cagara. No sé que piensen ustedes, pero mis últimos textos no han sido tan inspiradores… O así lo siento, imagino que todos tenemos días malos.

Dejando eso de lado, hoy quisiera comentarles algo sobre las experiencias. En lo personal soy de las personas que ahorran para adquirir experiencias, y de hecho gasto más en viajes que en ropa, por poner un ejemplo. Claro que ultimamente no he viajado tanto como quisiera. Aclaro, fuera de mis rutas semanales de una ciudad a otra. Para estas fechas debí haber conocido Los Haitises, un parque natural ubicado al nordeste del país, y al cual al día de hoy todavía no he logrado ir. Mi madre siempre me decía que mi sueldo me lo iba a gastar viajando. Tiene razón, no saben lo que gasto en gasolina semanal al coger la carretera. De hecho, mis únicas vacaciones laborales (de esas deseadas y pagadas por la empresa) aproveché para conocer un nuevo país, Costa Rica (aquí mi experiencia en esa aventura pura vida ). Y así ha sido desde que empecé a ganar dinero por mi cuenta. Ahorrar para viajar. 

Las experiencias tienen un valor que ni el carro más caro del mundo te puede dar (al menos que el carro te lleve a un road trip desde Tierra de Fuego, hasta Alaska). Valen no solo para darnos material suficiente en cuanto a conocimientos, como bien lo prefieren las empresas cuando solicitas un trabajo, sino que son forman parte de nuestra idiosincracia, y nos ayudan a formarnos en cuanto a ideologías, pensamientos, y claro, decisiones, qué si, qué no, hacia donde ir.

Por las experiencias aprendemos que cometemos errores y que seguiremos haciéndolo mientras vivamos, pero también que cada error es distinto, y hay millones de maneras de meter la pata. Nos ayudan además a conocernos a nosotros mismos, a evaluar cómo reaccionamos ante una situación y cómo actuaríamos ante otro momento. Pasar dos horas hablando con una persona mayor, viajar a un lugar nuevo, realizar un trabajo, hacer voluntariado, movernos, todas esas acciones nos dan algo, nos aportan algo… no es que si compramos un aire, ese objeto no nos de una experiencia de poder dormir sin calor en las noches, o que si compramos un utensilio de cocina, eso no nos ayude a hacer un mejor plato de comida que nos de una buena experiencia culinaria… las cosas, dependiendo del uso, también nos pueden aportar muchas gratas experiencias, siempre y cuando sepamos qué experiencia queramos conseguir a través de ellas, a parte del hecho de poseerlas.

No podemos juzgar a la persona que prefiera ir de compras un sábado en la tarde, en vez de salir de la ciudad a un campo, ni viceversa. Al final, ya sean cosas o acciones en las que invirtamos nuestro tiempo y recursos, el punto es sacarle provecho a eso que nos haga felices, nos de momentos de alegría, y nos haga sentir satisfechos con nosotros mismos.

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