1000 palabras: Las presiones

Y lo presionó tanto que terminó tirándose del puente.

Las presiones son parte esencial de nuestro accionar día a día. Pasa igual con la ansiedad o el estrés, son sensaciones que en su justa medida pueden ayudarnos mucho en determinadas situaciones. De hecho, existen personas que si no se sienten presionadas para realizar una actividad, no las hacen. Incluso, algunos, esperan hasta el último momento para ponerse a trabajar y hacer las cosas, en ciertos casos les resulta, se matan la noche antes para entregar al otro día y todo sale bien, perfecto. En otros, la rapidez de las cosas los deja mitad del camino, y sinceramente eso de trabajar apresuradamente y a última hora es un arte que no todos pueden dominar. 

El ser humano, por su condición natural, está constantemente a expensas de sentir presiones. Estamos presionados desde el momento que nacemos incluso, si nuestra madre no presiona y empuja, pues no salimos del vientre, si el doctor no hala o tira, no nacemos. A medida que crecemos la sociedad nos presiona para seguir el curso “normal” y “correcto” de una línea de vida “aceptada”. Y con sociedad me refiero a nuestros padres, hermanos, familiares, amigos, compañeros, etc.

Claro que no todas las presiones son buenas. En las relaciones se da un ejemplo muy palpable. En algunos casos podemos encontrarnos con una pareja de enamorados que quizás tengan varios años de noviazgo. Generalmente (no siempre), la mujer llega a un punto de la relación en la que necesita sentir compromiso por parte de la otra persona (esto hablando obviamente de una pareja heterosexual, aunque también se puede dar el caso en parejas homosexuales), entonces es cuando empieza a presionar al hombre para pasar al siguiente nivel, ya sea un compromiso formal, mudarse, casarse o tener hijos.

Luego, la presión se vuelve tan intensa que termina fastidiando a la otra persona y haciéndola desistir de querer permanecer juntos.  Así es como muchas relaciones terminan a la larga. ¿Fue buena la presión? Pues la verdad que no. Lo mismo pasa con un empleado en una empresa, cuando la presión del trabajo se vuelve tal que termina volviéndose loco, enfermándose o en casos muy extremos, matándose.

Empujar un poco no está mal, el problema es cuando empujamos tanto que terminamos cayendo por un precipicio sin fondo. Para ello es necesario saber cuándo debemos presionar y cuándo no, en qué momento debemos dejarnos presionar, y en qué momentos no. Discernir entre estos instantes es un poco complejo, para ello debemos conocer nuestros propios límites y saber hasta cuándo es sano y cuando deja de serlo.

Al final las presiones, como muchas otras cosas en la vida, nos sirve para mantenernos en movimiento, y no dejarnos morir, pero todo en exceso hace daño.

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