1000 palabras: Tiempos para decir adiós

Y es que a veces por mucho que duela, es necesario despedirse.

Con el tiempo aprendes que nada es para siempre, y que a veces es necesario despedirse de cosas que quizás nunca pensaste podías separarte. La primera gran despedida empieza cuando te toca ir al colegio, cuando a penas tienes dos años (o seis, dependiendo el país y la cultura) y debes dejar tu casa y a tu madre para enfrentarte a un mundo totalmente distinto a lo que conocías hasta el momento. Algunos pasan la transición mejor que otros, pero para todos significa dejar algo muy importante, para lograr algo más grande. Desde entonces no dejamos de pasar por despedidas. 

A medida que creces vas conociendo más y más personas. Primero en el colegio, después en actividades extra curriculares, eventos familiares, en el parque donde sueles ir a jugar… personas van y personas vienen. Muchos no se quedan, otros se quedan lo suficiente como para sentir su ausencia cuando no están. Con el tiempo casi todas las despedidas logras superarlas… en cambio otras se quedan clavadas en tu alma.

Como a medida que vas creciendo, las personas van entrando y saliendo de tu vida, algunas llegan para suplir un poco el vacío que dejan otras. No ocupan su lugar, pero sí suplen en algunos aspectos lo que representan para ti. Un buen amigo, una pareja, un compañero de trabajo, un colega, etc. Nadie es constante, sólo los miembros de tu familia. Y sin embargo, ni siquiera tu familia estará ahí para siempre, tu mismo vas cambiando y pasas de ser un hijo a un esposo a un padre.

En resumen, si hay algo para lo que nuestro sistema debe estar acostumbrado, es para decir adiós. Lastima que mientras más tardes en despedirte de una persona, más difícil se hace dejarla ir. Y no me mal interpreten, mi comentario puede ser algo pesimista y hasta un poco tétrico, pero hasta cierto punto es así. A medida que conoces a alguien, que compartes vivencias, experiencias, que te vas acoplando a su forma de ser y viceversa, vas creando un lazo cada vez más fuerte, y cada vez más difícil de romper.

No es que no puedas despedirte en un momento donde sus caminos ya no sigan uno al lado del otro, o dejen de encontrarse. Pero de igual forma es como si al decir adiós te estuvieras despidiendo de una parte de tu vida. Algunas más relevantes que otras.

Despedirse de alguien vivo es casi igual que saber que alguien ha muerto, con la diferencia de que el primer caso muy en el fondo te queda la esperanza de saber que en algún momento de la historia o del tiempo se podrían volver a encontrar. Estoy segura de que muchos han pasado por alguna despedida relevante en sus vidas, ya sea que les tocó mudarse de ciudad, salir de un trabajo, terminar la universidad, decir adiós a una relación, y si también cabe, que alguien importante haya muerto (familiar o amigo).

En algunas circunstancias las despedidas llegan sin siquiera sospecharlas. Un día estas haciendo planes con alguien a futuro, se retira y sin más no te lo vuelves a encontrar más nunca en la vida. Otras las ves venir con cierto temor y ansiedad, e incluso llegas a anticiparte a ellas, pero al final el resultado termina siendo el mismo.

En el primer caso, cuando no te las esperas, no duelen tanto. Alguien de repente dejó de estar presente y cuando empiezas a sentir a su ausencia y a notar que realmente no está ni volverá, entonces es cuando empiezas a sentir la necesidad de buscarle y preguntarte, qué será de esa persona, pero sin dolor, o al menos no mucho – ojo, estoy hablando de esas que ocurren sin que la persona haya muerto-.

Las que ves venir, por el contrario, son más tristes, más dolorosas. Crees que podrás afrontarlas, que estás preparado porque sabes lo que ocurrirá, sin embargo, nadie nunca te explica que el estar consciente del hecho solo le da más importancia, y al esto pasar, terminas pensándolo más, sintiéndolo más. Claro que entonces, ese instante cuando te despides es como una anestesia. La persona sigue ahí, la vez partir, pero no ha pasado tanto y no se siente la ausencia. Sin embargo, cuando las horas empiezan a pasar, y sabes que no puedes darle una llamada, o escribirle o que pasará mucho tiempo antes de verlo en persona, si es que alguna vez vuelven a encontrarse, entonces ahí el dolor se intensifica, y es cuando debes cambiar cosas de tu diario vivir para aprender a sobrellevar la perdida.

Decir adiós nunca es fácil. Mucho más cuando se trata de personas o lugar que significaron una parte relevante de tu historia. Y es difícil, muy, pensar que podrás darle un vuelco a tu vida sin esas presencias. Sin embargo, el tiempo lo cura casi todo, y aunque no lo olvides, lo que empezó como un gran dolor, se convierte en una penita que de vez en cuando, te incomoda, pero te deja vivir.

Es normal tener miedo a los cambios, mucho más cuando esos cambios implican alejarse de personas a las que queremos. Es mucho más fácil cuando esas cosas pasan naturalmente, que cuando un hecho específico te golpea de lleno. Pero como dije, todos hemos pasado por una u otra, y lo interesante de seguir vivos es que al final, lo único seguro es que en nuestras vidas seguiremos despidiéndonos de personas y lugares, porque lo único seguro a parte de la muerte, es que nada es estático.

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