1000 palabras: Cuando las cosas se hablan

Lo que no se dice, no se sabe. 

En mis 27 años he sido una persona anti conflictos. No me gustan, no sé manejarlos, me desconciertan y me sacan de mi equilibrio. Esa sensación de incomodidad es como si tuviera una enorme presión sobre el pecho y no supiera cómo deshacerme de ella. Muchas veces me alivia escribir todo lo que pienso, me desahoga plasmar en palabras escritas eso que tengo atorado que tanta incomodidad me suele causar. Quizás por eso las redes sociales han tenido tanto éxito, ¿qué mejor manera de desahogarte que decirle a alguien lo que piensas sin tener que dirigirte a nadie específico? 

Con el tiempo he aprendido que no siempre escribir ayuda. Desahoga, si. Pero no resuelve el problema. Entonces, cuando un conflicto toma una importancia tal que ni escribiendo salgo de él, la mejor manera es enfrentarlo y eso implica hablarlo con la persona. Existen momentos muy puntuales en mi vida de las veces en las que me encontré en un conflicto que, ahora mirando hacia atrás, quizás no supe manejar o representaron un verdadero dolor de cabeza.

En mi niñez, en mi adolescencia, durante mis años en la universidad (a partir de aquí como que fueron en aumento), en el trabajo, en mis relaciones personales con amigos o familiares. Ahora siento que he madurado en ese sentido, sin embargo, prefiero evitarlos.

Me parece interesante de hecho, dado que tengo un amigo al que le discuto por todo, quizás por su manera de ser mi cerebro entienda que con él no hay conflicto (al menos la mayoría de veces), y tal vez es la catarsis que necesito para reaccionar ante ciertas cosas que se dan a mi alrededor. Generalmente yo trato de ser lo más amable y ‘polite’ posible, sin embargo, como pasa con todos a veces es un poco complejo ser cortés con quienes no te caen bien o sientes que no les puedes tener mucha confianza. Creo que por ello, también he sido muy directa en ciertos aspectos, y aunque quiera ocultar mi desagrado ante algunas situaciones o personas, mis expresiones me delatan y mi cuerpo grita a lo lejos cuando algo no le cuadra.

Por ende, también he aprendido que hablando las personas se entienden, o al menos se dejan en claro los puntos y ya luego, cualquier cosa que suceda, no nos pueden decir que pecaron por ignorancia. Como comunicadora he notado que los mayores problemas del mundo implican una mala comunicación entre una persona y otra. Cosas tan sencillas como evitar una ofensa o manifestar un gesto cordial podrían incluso evitar guerras entre pueblos.

Claro que no estoy diciendo que todo haya que hablarlo con todo el mundo, o que todos los problemas se resuelven hablando, pero me parece que si los diplomáticos de nuestras delegaciones, esos quienes nos representan frente a organismos internacionales, hablaran escuchando al otro, bueno… muchas tonterías se evitaran.

También he visto que las personas no comprenden lo que significa comunicarse efectivamente. No se trata de ver quien grita más duro o quién utiliza las palabras o el tono más ofensivo, tampoco se trata de demostrar quién tiene la razón o de quién está más herido. Me confunde mucho cuando alguien habla de resolver un problema y sin embargo solo está dandole vueltas a lo que ya pasó en vez de proponer soluciones efectivas a lo que ya está ocurriendo. Eso tampoco es comunicar. Y es que tal vez, los seres humanos de por sí no manejamos ese arte de poder decir en palabras lo que pensamos y sentimos sin provocar conflictos.

Quizás resulta que no nos educaron para entender al otro, para ser empáticos, para ponernos en sus zapatos. Nos educaron con la intensión de ser mejores nosotros mismos, y si no somos mejores, pues fracasamos. Nos metieron en la cabeza que hay que competir, sobresalir, si no tenemos dinero, un título, un carro, un trabajo no somos nada. Y encima que nos enseñaron todo eso, nunca enseñaron a cómo hablar. Cómo manejar un conflicto con otra persona, como aceptar los errores del otro y sobre todo cómo aceptar nuestros propios errores.

Así que al final saber un montón de palabras, pero no las usamos. Tenemos un millón de ideas, pero no las hablamos, huimos de la gente y en vez de enfrentarlos cuando hay que hacerlo, nos quedamos callados. Las razones de ese silencio pueden ser miles, pero nunca será más satisfactorio que decir las cosas cuando hay que decirlas.

Es como el cuento aquel del hombre que andaba con la camiseta al revés sin darse cuenta, y nadie se atrevía a decirle; porque no le interesaba, porque pensaba que estaba loco, porque temía ofenderlo, etc.

En algunas ocasiones, para evitar ciertas cosas, a veces es tan sencillo como poner las cosas claras desde el principio. Si, a veces no funciona, pero al menos no te pueden culpar porque no lo intentaste. Como digo, las cosas se hablan, para bien o para mal. Esta habilidad de comunicarnos verbalmente a través de un idioma no puede ser sólo para pedir o exigir cosas, y a veces no la usamos ni para eso. Creo que es necesario hacer uso de la palabra, al final, ignorarlo no hará que desaparezca y en algún momento eso se podría convertir en algo más grande que tú, así que para qué esperar.

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