1000 palabras: Distancias equivalentes a vidas

No importa hacia dónde te dirijas, sino el camino que te llevará.

Hoy por un instante pensé que no lo lograría. Que el cansancio y las ganas de irme a dormir serían más fuertes que el deseo de cumplir con este reto, y qué tonta sería y qué falta de vergüenza tendría si al segundo día apenas no cumpliera con la meta. Como aquellas personas que se inscriben en el gimnasio para mantener en forma o recuperar la forma, cualquiera que sea su meta, y sin embargo después de la primera semana de duro entrenamiento dejan de ir y siguen manteniéndose a base de McDonalds y pizza.

No sé si les ha ocurrido que en momentos de nuestras vidas tenemos días que parecen mil. En mi caso he tenido varios días así, uno que recuerdo vivamente fue la primera vez que viaje a España. El vuelo partió a las 10 de la noche desde Santo Domingo un domingo de octubre, pero llegamos a nuestro destino final un lunes a las  7:00 pm. Así que podrán imaginarse lo largo y eterno que fue ese día. Hoy tuve esa misma sensación. 

En mi país, las distancias entre una ciudad y otra son relativamente cortas si lo comparamos a países como España o Estados Unidos. Más aún tomando en cuenta que estamos hablando de una isla. Claro que de un punto a otro, ya sea norte a sur o este a oeste fácilmente puedes encontrarte hasta 7 horas en carretera, dependiendo de cómo esté el tráfico. Todas las semanas yo viajo aproximadamente seis horas entre ida y vuelta desde la ciudad capital hasta Santiago de los Caballeros. En días muy malos puedo tomar hasta cuatro horas, pero eso suele ocurrir en horas pico y fines de semana con algún feriado.

A todo esto existen pueblos cercanos que apenas te toman 20 o 40 minutos máximo de la ciudad de Santiago, entre ellos está San José de las Matas. Sajoma, como se le conocer popularmente, es un pueblo ubicado en las montañas rodeado de verde al cual puedes llegar en carretera por diversos caminos que rodean la ciudad y del que no puedes irte sin comer casabe (una especie de pan aplastado hecho generalmente de yuca y que sirve de guarnición para platos fuertes o incluso de desayuno con un buen chocolate caliente).

Cuando salí de mi casa esta mañana tenía planeado cualquier cosa menos durar una hora subiendo la loma para llegar a un pueblo que ya conocía, pero del que recordaba muy poco. Mi sábado tenía la perspectiva de ser un día tranquilo y sin sobresaltos, sin embargo terminé manejando varias horas, ida y vuelta y luego hacia otra ciudad, ‘jartandome’ hasta mas no poder de comida, con ganas de matar a par personas por lo mal que conducen en este país, y tomando fotos en una vista bastante bonita pero que igual pudo haber estado mejor si no se hubiera nublado.

Mi sentido de la aventura francamente ha estado medio dormido en los últimos meses, como esperando el momento exacto para salir y cambiarme el día totalmente. Bueno, hoy se medio despertó, aunque ahora mismo estoy más molida que si hubiera durado 14 horas trabajando y luego le hubiera dado 20 vueltas corriendo al Central Park. Las ventajas de vivir en un país donde los pueblos quedan relativamente cerca (a dos o menos de una hora) es que puedes amanecer en un lugar, pasar por otro y dormir en otro totalmente distinto, claro si no lo piensas demasiado y aceptas la idea de salir sin pensarlo demasiado. Si lo pensaste más de dos minutos, ahí te quedaste.

Esto fue lo que nos ocurrió a nosotros, salimos a comer y de repente pasamos de estar en una mesa charlando sobre el sistema de registro que tienen los meseros del restaurante, a estar en el vehículo camino a las montañas. Claro que la aventura pudo haber sido mejor si lo hubiéramos hecho más temprano o nos hubiéramos ido con la idea de quedarnos o explorar más, así como hubiera sido muy épico que el momento en que me bajé del jeep para tomar una foto y me alejé un poco buscando el encuadro ideal, mis amigos se hubieran ido para darme un susto. Obviamente yo hubiera terminado golpeándolos a todos (según ellos soy una persona violenta) y probablemente les hubiera dejado de hablar hasta mañana – advertencia,  nunca me hagas una broma pesada mientras estoy bajo tensión-. Que bueno que al final esto último no pasó.

Ahora, recostada en mi cama de infancia, mientras el abanico da vueltas tratando casi en vano de refrescar un poco esta habitación que se calcina, cierro los ojos medio dormida pensando en la imágenes que mi mente captó hoy y veo una montaña al fondo un poco opaca por la falta de los rayos del sol. Una señora que me mira desde arriba con expresión amable mientras me relata la historia de parte de su familia, unos niños jugando en un parque ubicado en lo que le llaman ‘El Fuerte’ con unas máquinas de hacer ejercicios y haciéndose pasar por soldados o algún cuerpo especial de militares. Veo tantas cosas captadas durante menos de 24 horas y me quedo pensando, ¿de verdad todo eso fue hoy? Se siente como si hubiera vivido fragmentos de historia de distintas vidas, de diferentes personas.

¿Seremos eso? Un conglomerado de diversas personas con vidas separadas tratando de convivir en un mismo cuerpo. Cada distancia que se recorre, cada persona que se conoce, cada experiencia que se vive… cada instante en el que tomas la decisión de salir o quedarte te cambia y terminas siendo una persona que antes, hace apenas unos segundos, no eras. Claro que pueden pasar meses y hasta años sin sentir que eso ocurra, pero a veces basta un par de minutos para sentir el cambio.

Al final, las distancias nos transforman. Los caminos que tomamos, largos o cortos, rectos o curvos, acompañados o solos. Y mientras más distancias recorras que fortuna tendrás de vivir más vidas en apenas un solo día.

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