Capítulo XXVI

San Luis se había convertido en una ciudad lúgubre, oscura… sus residentes estaban llenos de temores, la desconfianza reinaba y la irritación ante cualquier mal movimiento se hacía sentir. Era otra noche más de sucesos sin explicación, sin sentido. Ella observaba desde la ventana de su habitación, sentada en aquella silla de ruedas a la que estaba acostumbrándose y de la que todavía no podía prescindir por demasiado tiempo. Noche de los Santos Difuntos, ¿quién sabiendo la existencia de las ánimas podría dormir una noche como aquella?, se preguntó. ¿Cómo estaría su amiga Faith, sabiendo que sería un blanco perfecto para esos espíritus del mal, se dijo a sí misma casi en un murmuro. Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando una enfermera entró a la habitación para darle el medicamento que la ayudaba a dormir. Ella volteó a mirarla cuando la escuchó entrar, la notó como a los demás, asustada y temblorosa, y tuvo que ayudarla a sostener el vaso de agua que llevaba para tomarse la pastilla. 

La miró fijamente a los ojos, y tras sonreírle, la chica se relajó un poco, luego empezaron a charla sobre cosas un poco más alegres, y así pudo calmarla hasta que la ayudó a recostarse en la cama y se dispuso a descansar, aún cuando sabía que si se dormía entraría en un mundo no muy agradable.

Ángel observó a su alrededor, la Hiena lo miraba con una tristeza que parecía llorar mares de sangre. Tenía que sacar a Faith de las calles, pero no sabía cómo hacerlo sin usar la fuerza y llevarse par de cabezas en el camino.

– ¡Concéntrate, no puedes dejar que te venza!- le decía mirándola a los ojos, sosteniendo su rostro.

– No…puedo…- le respondió llorando como si estuvieran arrancándole el alma de un tirón.

– Piensa en Ted, en lo mal que se sentiría si te ve así, derrotada. – Ella cerró los ojos, la imagen de su hermano no era la mejor en esos momentos- Piensa en Rocsan, en los momentos que pasaron juntas- eso tampoco era de mucha ayuda.

– Estoy sola…- decía rogando porque algo o alguien acabara con su sufrimiento en ese instante.

– ¡No! ¡No lo estás! Estoy contigo, me tienes a mi.- le gritó más nervioso que enojado provocando un cambio en ella.

Las lágrimas se detuvieron de repente, al parecer aquellas palabras habían hecho que reaccionara. Sin embargo, no mostraba la más mínima expresión, sólo lo veía como si analizara un libro muy complicado y necesitara de todas sus fuerzas para poder comprenderlo.

– Faith, ¿estás bien? – preguntó algo nervioso, ella no contestó, siguió igual de petrificada que al principio.

Los niños gritaban en medio aquellos espeluznantes sueños. Los adultos sudaban frío, muchos intentaban despertar pero no podían, se sentían atrapados en sus pesadillas, aquellas provocadas por las animas. Era como estar atrapado en una cámara de realidad virtual y a pesar de que tu subconsciente te dijera que era un sueño, no podías evitar sentir que aquello que veías de verdad estaba sucediendo.

– Responde, por favor- tomó a Faith de los hombros moviendola suavemente tratando de hacer que expresara algo, que reaccionara.

– Ángelus- escuchó la voz en su cerebro susurrando, volteó la vista y pensó- esa maldita Hiena…- volvió a fijar su visa en Faith.

No sabía qué hacer, estaba entre la espada y la pared. Los gritos alrededor, la voz de la hiena, la inexpresión repentina de Faith, todo le hacía demasiado ruido en su mente, estaba bloqueado, no sabía que hacer para salvar a esa persona por la cual estaba dispuesto a sacrificarlo todo. Bajó la cabeza y cerró los ojos, ¿qué hacer? ¿Cómo sacarla del trance?

En la cabeza de Faith se formaban imágenes que nunca antes había visto o vivido. Se veía a sí misma caminando en un extenso sendero solitario de árboles otoñales, secos y de ramas amarillas,  una brisa un poco cálida en contraste al paisaje, sin rumbo, sin un porqué, sin un a dónde, sólo caminando.

Ángel escuchó la voz del hechicero como sumergido en un profundo recuerdo: “el amor lo puede todo”, “el amor de una mujer…” y lo comprendió, por más tonto que le sonara, entendió el por qué la tenía en frente, la razón de todo aquello, de que era hora de sacar al hombre que llevaba en su interior.

– Faith…- mirándola fijamente a los ojos- Te amo.- antes estas palabras ella lo miró fijamente, sus ojos se agrandaron de repente, totalmente sorprendida- Te amo, y no dejaré que nada malo te ocurra- ella seguía mirándolo sin decir o hacer nada.

Entonces él pensó que era hora de demostrar lo que sus palabras decían, se acercó a su rostro, acarició su mejilla con mucha sutileza y la besó en los labios.

La Hiena sonrió levemente, al igual que los demás espíritus y uno por uno fueron desapareciendo. Ángel se apartó de ella impresionado por lo que acababa de hacer, pero sonrió al ver que eso la había hecho entrar en razón. Ella movía la cabeza un poco aturdida y se pasaba las manos por el rostro desconcertada.

– Que…acaso…tu…- lo miraba desconcertada como tratando de entender lo que acababa de suceder.

-¡Mira!- exclamó Ángel señalando a su alrededor.

Los espíritus habían desaparecido, todos menos la Hiena quien al encontrarse con la mirada de Ángel pronunció su nombre en latín mediante un susurro que sólo él pudo escuchar en su mente, y luego desapareció.

Faith se puso de pie al igual que él, y al ver aquello se asustó un poco tomando la mano de Ángel por impulso. Él la miró y le sonrió, ella aún seguía aturdida y no terminaba de comprender nada de lo ocurrido, ni siquiera aquel beso.

– Dijiste que no me dejarías sola- preguntó al tiempo que soltaba su mano y se la llevaba al pecho como tratando de ocultar alguna emoción o pensamiento irreverente, avergonzada.

– Así es- contestó él seguro de sus palabras.

– ¿En serio, no me dejaras sola?- esta vez su tono de voz era de temor.

– No- volvió a contestar con toda seguridad

– No te conozco…- decía dándole la espalda.

– Somos iguales- afirmó él.

– ¿Cómo puedes estar tan seguro?- preguntaba sin verlo a la cara.

– Porque yo sí te conozco- contestó sonriéndole.

No dijo más, bajo el rostro y reflexionó por unos instantes, tantos cambios en su vida, tantas pérdidas, tanto dolor y ahora en medio de todo esto, aparece ese misterioso hombre que aún sin conocer, sentía como si lo conociera de toda la vida. Giró sobre sus pasos, colocándose frente a él mirándolo a los ojos, y antes de que ella pudiera decir nada él se le adelantó:

– Sé cómo es tu vida, y no me importa, solo déjame permanecer a tu lado, me necesitas tanto como yo te necesito- decía Ángel acercándose a ella para tomarla de la mano.

– ¿No tienes miedo?- preguntó un poco asustada.

Mi único temor es que algo te ocurra- acariciándole el rostro- Siempre estaré contigo.

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