Something about attitude

Dicen que todo es cuestión de actitud. De cómo, desde tu propia perspectiva, veas las cosas, que de eso depende mucho si mueres o no de un ataque al corazón. En mi casa había una señora que ayudaba a mi madre en los quehaceres del hogar y de paso nos cuidaba a mi hermano y a mi. Duró muchos años con nosotros, y de hecho, más que la señora de la limpieza o quien cocina, es parte de mi familia (aunque confieso que la tengo un poco abandonada…cosas que pasan cuando apenas vas a casa de tus padres para dejar y recoger ropa). Ella tenía un carácter fuerte, y yo era muy rebelde (y a veces creo que lo sigo siendo en algunos aspectos) y recuerdo que cuando era más pequeña, quizás 7 u 8 años, discutía mucho con ella. Recuerdo en especial una situación en la que la niña malcriada que había en mi tuvo un gran pleito con ella. Al final, me acuerdo de eso y me río, pero algo que a partir de ese momento siempre me decía era que iba a morir de un ataque al corazón, porque me aceleraba mucho.

Con el paso de los años esa frase se repitió varias veces. De hecho todavía llamo a mi madre contándole algo por lo que cogí pique y me la dice. Desde hace tres meses he sido punto de conversación en las juntaderas con mis amigos por las publicaciones que he realizado en las redes sociales: Dahi y su batalla eterna con los tapones y la ciudad capital. Unos se ríen y lo cojen a chercha, otros se preocupan tanto que empiezan a darme consejos de adaptación y buscan calmar a la fiera molesta que surge en mi.

Hoy me pasó algo muy gracioso y quise crear una nota, a propósito de este tema.

Este fin de semana, como muchos saben, me fui casi corriendo a mi ciudad corazón. Después de mi estresante semana, me tocó un sábado bastante movido, que fue agradable, pero que realmente no me permitió descansar. Esto llevó a que el domingo amaneciera más molida que si un camión me hubiera arroyado. Por ende, ayer estuve de ánimos para todo, menos para salir de mi casa y mucho menos manejar dos horas y treinta minutos. Me quedé en casa, avanzando tareas de varios cursos que estoy realizando, viendo novelas, leyendo y durmiendo. Me acosté a las 8:15 pm y puse mi alarma a las 4:25 am.

Esta madrugada me levante sin ganas de hacerlo, pero sin pensarlo mucho me sumí en la rutina de darme un baño, cambiarme, desayunar, recoger mis cosas y salir para manejar. Me llevé mi bulto dejando mi abrigo fuera, lo entré en el asiento trasero del vehículo, y arranqué. Saliendo de la ciudad me detuve en una bomba para llenar el tanque de gasolina, donde un seguridad se me acercó señalándome que el bombero ya estaba cerca para realizar su trabajo. Apagué el vehículo, dejé que se llenara el tanque y preparé mi playlist. 60 minutos me tomó el trayecto desde la bomba en la salida de Santiago, hasta el peaje de Santo Domingo. 60 minutos que me pasaron rapidísimo, yo tratando de pensar en el sueño ni en el cansancio, notando como de la noche pasábamos al día, tratando de no desesperarme cuando un lento se colocaba en el carril izquierdo, cantando o tarareando las canciones del playlist…

Fue increíble que había pasado un poco más del peaje y no me había encontrado con tapones. La felicidad acabó cuando llegué al primer elevado, ese que da a los Alcarrizos, si no me equivoco. Aquí los vehículos iban a paso de hormiga y el tapón de los lunes empezaba. Decidí no ofuscarme, faltaban dos horas para entrar a mi trabajo, y ya estaba mentalizada que llegaría unos minutos más tarde lo normal. Seguí atenta a mi música, avanzando lo más que podía.

En un momento en el que me encontraba cerca del kilómetro 9 de la Autopista Duarte -punto crítico de tapones por las paradas de autobuses que hay- en el carril izquierdo pegada de un muro que divide la vía, un chófer de un camión un poco destartalado que venía tras mío me tocó bocinas. Al principio pensaba que quería que avanzara, porque sacó la cabeza por la ventanilla, y me quede tipo: ¿acaso no ve que no se puede avanzar? Seguimos avanzando lentamente, y el señor me seguía tocando y haciéndome señas, trataba de decirme algo. Me preocupé porque no era normal y bajé la ventanilla para ver si era que llevaba alguna goma vacía o algo, porque me señalaba el suelo. Cuando me fijé mi abrigo venía colgando de la puerta. Puse las luces intermitentes y la palanca en parking. Me bajé rápidamente, abrí la puerta trasera, saqué al pobre abrigo, lo tiré adentro, cerré la puerta y me volví a montar. Antes de regresar a mi puesto de conductora le hice señas al tipo riendo dándole las gracias al conductor que muy amablemente se quedó esperando a que yo hiciera la acción, aún a pesar de que ya estaban avanzando por delante de nosotros, y seguí. Duré los próximos 25 minutos riéndome de mí misma y de la situación.

Mi pobre abrigo había viajado 120 km/h desde Santiago guindando de la puerta trasera y no había sido hasta ese momento que yo no me había dado cuenta. Obviamente me tocará echarlo a lavar cuando llegue a la casa, pero no pude menos que reírme de la situación. Así, a pesar de que tuve que esperar otra hora y media para llegar a mi trabajo, gracias a los tapones (y aún habiendo tomado rutas alternas), solo recordaba ese pequeño suceso y en vez de tocarle bocina al imbécil que se metió en frente antes de entrar al túnel, lo deje pasar, respirando hondo y cantando la canción que sonaba en ese instante del playlist.

Yo sé que tendré muchos otros momentos de piques y tensiones, así es esto, también sé que probablemente pase un año (si es que pasa) antes de me acostumbre a esta vida de locos, y que muy probablemente un mal día se me suban los apellidos, recoja mis cosas y regrese a Santiago. Pero mientras tanto, todo es cuestión de actitud. Es por ello que había decidido caminar en el parque, a pesar de las mil advertencias de las personas de que tuviera cuidado porque ahí roban a cada rato. Todo es cuestión de actitud.

No dejaré de quejarme o desahogarme a través de las redes, y es posible que esta semana sea más pesada que la pasada – comenzando porque estoy trasnochada, cansada y apenas es lunes-, pero también me toca contarles cuando cosas así de graciosas -o al menos para mi- suceden, y que no todos son unos hijos de p, como escribí el otro día en un estado que francamente se volvió más popular de lo que hubiera esperado o deseado.

Al final, repito, todo es cuestión de actitud.

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