De independencias y otros conflictos

“Hoy se conmemora el 171 aniversario de la Independencia Dominicana”. Ese fue el mensaje insignia que me tocó trabajar en las diversas cuentas que manejo de redes sociales como parte de mi trabajo de Social Media. Desde hace tres semanas me ha tocado chocar con la realidad de mi país y aterrizar de repente, bajando de la nube en la que me encontraba aislada de los sucesos y eventos ocurridos en mi tierra. 

Si les soy sincera no me sentía mal o avergonzada de ello. De hecho no lo siento así. El estar aislada, pensar en otros mundos o incluso en mi propio mundo, sinceramente fue una época muy fructífera y maravillosa que siento está cambiando y peor aún, terminando. Ahora debo leer los diarios todos los días, estar atenta a los comentarios de las personas en las calles, mirar con otros ojos los sucesos que ocurren y empaparme del tema. Muy especialmente del conflicto dominico-haitiano.

Ayer asistí a una obra, a propósito del tema, que la verdad te aclara muchas dudas y deja otras interrogantes. Claro que los datos y las cosas presentadas de cierta manera cumplen con un objetivo basados en el guión escrito por la persona encargada de ello, pero sin embargo te da un rayo de luz ante tanta violencia concebida. El otro día había llegado a la conclusión de que todas estas revueltas y sucesos ocurridos no eran más que el resultado de una campaña aprovechando el mes de la Patria, y que una vez concluidas las festividades las pasiones iban a descender. Como descendió la pasión por el 4%, o por la cementera, o por otras causas sociales ante las que se han luchado y el pueblo se ha manifestado. La diferencia quizás es que algunos se han tomado las cosas muy a pecho, y no solo implica a una nación, sino a dos. Ahí la cosa se complica.

Para quienes no estén actualizados, déjenme darles un bostezo de la situación: Mi país hace frontera con Haití, una nación que desde su creación no ha hecho más que sufrir. Actualmente, y después del terremoto del 2010, es el país más pobre de Latinoamérica, y de hecho, se considera un Estado Fallido. Durante años ha habido un conflicto entre los dominicanos y haitianos, empezando por la parte de que todo territorio fronterizo tiene conflictos y siguiendo por hechos históricos que han marcado una clara división entre ambos. Ahora, se habla de una ‘invasión pacífica’ por parte de los haitianos, dado que como todo caso de migración, no consiguen en su país lo que aquí se les puede proveer. Y claro está, cuando una población empieza a crecer extenuadamente, el gobierno se empieza a preocupar, porque dice: ¿si a penas podemos subsistir nosotros, como vamos a ayudar a todo el que entre? O bueno, esa es mi teoría.

Ahora bien, desde que empezó el mes, se han dado diversos hechos: Amenazas de muerte a periodistas consideradas por un grupo como “antipatrióticos”, quemas de bandera -primero la haitiana, luego la dominicana-, un asesinato -que nada tiene que ver con la situación pero que igual lo asocian-, marchas pacíficas, la toma de la embajada, etc. Muchos hechos violentos sucesivos, patrocinados por un grupito, que al final es lo que llena los medios de comunicación, y por ende, lo que aumenta la bola nieve que sigue rodando y nadie ha podido detener.

En la obra, te mostraban un poco esa realidad. Que piensa el dominicano del haitiano y viceversa. Y es muy curioso, dado que la trama transcurre durante un viaje a yola. El haitiano se va a República Dominicana… el dominicano se va a Puerto Rico… y al final, lo único que busca es la mejoría de su calidad de vida. Así como el mexicano que cruza la frontera a Estados Unidos, o el nicaraguense que hace los trabajos forzados en Costa Rica. Es la misma situación en todas las naciones fronterizas, donde una nación tiene más posibilidades que la otra.

Hoy escuchando la rendición de cuentas del presidente de la República, viendo los mensajes de conocidos, amigos y familiares a través de las redes, recibiendo noticias de sucesos en diversos puntos, y recordando lo aprendido en estas semanas me quedo un poco perpleja. Recuerdo el mensaje del presidente Medina el año pasado, que estuve leyendo recientemente para un trabajo, iba algo así como: Somos libres de toda potencia extranjera, pero aún hay que luchar para ser libres de la injusticia, de la pobreza social, de la falta de educación, del clientelismo, de tantas cosas que haría otra nota solo basandome en ello.

Hoy recordé a Juan Pablo Duarte y a Juan Bosch. Dos hombres que pelearon por este país en épocas totalmente distintas, y que terminaron exiliados por el mismo pueblo. Duarte, murió en depresión lejos de su tierra, Bosch tuvo más suerte, pero igual de seguro estará revolcándose en su tumba. Pienso en José Francisco Peña Gomez, y en los estigmas que le impidieron lograr su meta. Y pobre hombre que aún enfermo salía a hablar por su partido y su gente.

Me remonto a la invasión norteamericana, y es increíble el daño y el bien que nos hicieron, todo al mismo tiempo. Un pueblo de mezclas, africana y española, negro y blanco, y sin embargo se creen gringos de aquellos blancos de tierras del norte donde la nieve perdura más de tres meses y el sol apenas es visible por dos meses al año. Un pueblo que prefiere hacer cualquier intercambio extranjero con europeos o norteamericanos, antes de sentar a hablar con su país vecino. Un pueblo independiente y soberano, y más sin embargo, necesita de acuerdos con el mundo para salir adelante. Una tierra fértil, capaz de producir lo necesario para todos sus habitantes y aún así los principales talentos prefieren emigrar a potencias económicas para lograr alcanzar sus metas.

Les confieso, yo soy dominicana, una muy rara, que no ve beisbol, no toma cerveza ni juega dominó. Que no les gusta el musicon con el bachatón y prefiere un rock inglés. Que baila merengue si hay que bailarlo, pero come poco arroz. Que hasta hace unos pocos días no comía habichuela ni que la mataran, y a la que el aguacate no la mata. Pero soy dominicana, porque aquí nací, aquí me crié, aquí me eduqué y aquí trabajo. Soy dominicana, porque aunque mis gustos difieran de la mayoría, he sabido disfrutar de lo que mi tierra me ha dado, sus playas, sus montañas, su gente… esa gente que encuentras a veces en una metro camino a Santiago, cuando un joven ayuda a una anciana a subir las escaleras para sentarse, esa gente que conoces una noche en la calle pintando un mural para llevar consciencia sobre el medio ambiente, esa gente que se preocupa porque sus hijos coman y se eduquen y se levantan incluso antes de que el sol salga para ganarse los chelitos, aún cuando no les gusta su trabajo y muchas veces los traten como perros…

Soy dominicana, y como tal no puedo evitar que pase un minuto más sin preguntarme, ¿cuál es la necesidad? ¿por qué tanto odio? ¿por qué hay que dejarse llevar de lo que un grupo de personas se han empecinado en hacernos querer ver? ¿No somos personas? ¿No somos humanos? ¿No recordamos al tío, primo, abuelo, padre, hermano, amigo que vive en otro país en condiciones precarias buscando una mejor vida? ¿Por qué al humano se le hace tan difícil poder sentarse ante una mesa y dialogar?

Al final nos remitimos a los primates. Somos como Judas, y al mismo tiempo como Pedro.

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