Capítulo XXIV

Las ánimas estaban alborotadas. ¿Por qué? No tenía la respuesta, pero de esto no había duda. Las podía sentir. Era como si todos tuvieran algo oculto en su interior, algo que nadie más debería saber, algo que si salía a luz podría hacerlos sufrir. Estaban desconfiados, alterados… y lo pudo comprobar cuando uno de los doctores del área donde se encontraba le gritó de muy alterado a una de las enfermeras por haberse equivocado en la cantidad de té que le hizo el favor de servirle en uno de los momentos de descanso.   ¿Qué estaba sucediendo? Se preguntaba aquella chica de cabello corto y colores azules, sentada en un mueble cerca de la ventana, mirando hacia el horizonte desde su habitación de hospital.

Esa misma pregunta se hacía Faith, mientras cuidaba de Ángel. Ya habían pasado varias horas desde que el sol salió. Apenas habían pasado unos minutos luego de haberse despertado. No sabía en qué momento exacto se durmió, pero había sido la primera vez en mucho tiempo, en que se sentía descansada y sobre todo sin pesadillas. -Pero qué rayos…- murmuraba al ver como uno de sus vecinos arrastraba a su mascota por la calle como un saco de papas- ¿Qué hace?- se preguntó asombrada, atenta a lo que estaba observando y preguntándose por qué un hombre tan amable como el señor Wilson parecía estar tan enojado, que hasta con su adorada ‘Fifí’ se comportaba agresivamente. Estaba tan concentrada en ello, que cuando Ángel, quien no había despertado hasta el momento, tocó su hombro, dio un respingo golpeándolo en la cara. -¡Dios! ¡Eres tú!- suspiró aliviada al darse cuenta de que era él. -Lo siento- se disculpó apartándose, al tiempo en que pasaba su mano por la mejilla, increíblemente ese golpe le había dolido.- -¿Estás bien?- preguntó recuperando la compostura al tiempo en que lo miraba a los ojos. – Si. – y sostuvo su mirada por unos segundos – Gracias.- Terminó diciendo. – Je, has hecho mayores cosas por mí- le sonrió Faith sin estar consciente de cuan cierto era aquello.   Ángel no contestó. Se quedó observando por la ventana, así como Faith observaba antes de que él despertara. Las sintió. Las animas, pero por qué. Sin decir nada, se dirigió al sofá buscando sus cosas, cuando Faith le señaló la mesa.   -Vi que te estaban estorbando para dormir- alegó cuando él le dirigió una mirada desconcertada. -Ah, ok- contestó un poco nervioso. -Por cierto, ¿de qué es ese frasco que llevas contigo?- señalando el pequeño recipiente de cristal con un líquido verdoso. -No es nada- ocultando la poción. Tomó el resto de sus cosas y se dirigió a la puerta. -¿A dónde vas?- preguntó Faith desconcertada. -Quiero saber que sucede- señalando hacía la ventana, por donde se divisaban las personas. -¿Te refieres a lo que ocurre allá afuera?- tomando su chaqueta al tiempo en que se acercaba a él. -Será mejor que esperes aquí.- dijo abriendo la puerta, viendo como dos hermanos se gritaban a los cuatro vientos desde el otro lado de la calle. -Ángel, pero aún no estás del todo recuperado, ¿cómo piensas salir así?- preguntó un poco preocupada. -Estoy bien – con cierta sensación de agradecimiento- hablamos luego- saliendo por la puerta sin mirar atrás. Pero Faith lo siguió, cerrando la puerta tras ella- ¿A dónde vas?- preguntó Ángel al darse cuenta de sus intenciones. -Contigo, ¿no vas a creer que me dejaras fuera de esto, o si?- mirándola un poco escéptica. -Faith… esto no es un juego…- tratando de ser consciente y explicarle las cosas de manera que ella pudiera entender. -Je, ¿en serio crees que no lo entiendo? ¿Con quién crees que hablas?- incomodándose un poco ante su actitud empezó a caminar alejándose de la casa.   Ángel no tuvo más que respirar hondo, salir y cerrar la puerta para ir tras ella. Tantas personas en la calle, las animas estaban por ahí haciendo quien sabe qué y necesitaría todas sus fuerzas para volver a enfrentarse a ellas.   Faith comenzaba a creer que el tiempo estaba poseído, pues los días eran especialmente cortos y no había pasado ni dos horas cuando ya el sol tenía ganas de ocultarse.   Niños, ancianos, gente de todas partes tomaban su siesta pero ninguno se daba cuenta de los seres que bailaban en sus habitaciones. Mirándolos desde una esquina, desde el techo o bien parados al lado de sus camas con los ojos inexpresivos y la sonrisa fúnebre, con la piel tan clara y transparente que se podía ver a través de ellos, muchos cortados en la cara, otros quemados, seres sucios o bien tan limpios que la señal de la muerte parecía más bien una marca de mal gusto en sus figuras.   Estaban alteradas, tristes y abatidas más de lo normal. El hechicero decía que era a causa de la fecha, día de los Santos Difuntos, lo que les recordaba (más que su propia existencia muerta) la forma en que habían pasado a un segundo plano sin lograr ascender o descender, según fuera el caso.   No, nadie podía darse cuenta de esas presencias macabras al menos que las propias animas lo desearan y eso no solía suceder mientras estuvieran dispuestas a presentarse con la forma de la muerte. Sin embargo, ahí estaban sopesando en la vida de los humanos, rondando sus actividades y muchas veces, hasta molestándolos.   Faith no entendía qué pensaba hacer Ángel, pero por primera vez en su vida no tuvo miedo de que la noche terminara de caer. Extrañamente sentía que sin la oscuridad su vida no tendría sentido. Estaba comenzando a considerar a la enemiga de todo su vida como una aliada, aún incluyendo a todos sus peligros.

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