El Inicio, Cap. IV

Capítulo 4

Ángel la observaba de lejos. Todavía no creía en la suerte que tenía. La buscaba desde hacía apenas unas semanas atrás. Estaba cansado. El viaje era largo y el controlar su apetito no fue nada fácil. Al darse cuenta de que la única solución a su mal era el estar con ella, el hechicero le creó una nueva poción. Esta vez solo servía para controlar los impulsos y saciar su sed de sangre humana. Claro, esto no siempre le funcionaba. Tuvo que sacrificar a uno que otro animal salvaje para poder mantener los impulsos.

Cuando llevaba aproximadamente cuatro semanas de viaje, empezó a pensar que nunca la encontraría. Prefería viajar en horas nocturnas, aún cuando podía soportar la luz del sol, esto le dificultaba la búsqueda dado que los seres mortales solían dormir a esas horas.

Después de atravesar varios pueblos, finalmente llegaba a una ciudad de gran tamaño. Se notaba desde la colina por la cantidad de luces que se podían apreciar en todo el llano.

Estaba buscando un lugar dónde pudiera quedarse algunos días. Pero dentro de sí, algo le decía que ese era el sitio donde la encontraría. Claro que lo menos que se podía imaginar era que la vería apenas al llegar.

Primero sintió esa extraña presencia entre los humanos. Un ser del inframundo que definitivamente no pertenecía a esa raza. Extrañado por esa sensación siguió a su olfato hasta aquel perro de gran tamaño. No tardó mucho en sentir la sangre femenina. Al darse cuenta de la situación, se dispuso a proteger a la humana herida, justo en el momento en que la bestia se lanzaba sobre su víctima, se interpuso de inmediato evitando así que la persona fuera mordida por aquel ser.

No le dio tiempo a preocuparse por esa persona, la bestia lo observaba con ganas de comérselo, y él debía defenderse. Así, luego de un duelo de miradas, la bestia se lanzó directo a su brazo derecho, pero fue golpeada con intensidad por su brazo izquierdo. Al caer al suelo gruñó a manera de protesta y salió corriendo cojeando de una pata. El peligro había pasado.

Ángel se sentía extraño. Era la primera vez en siglos que ayudaba a alguien. Cuando se recompuso y volteó para dirigirse a la persona que acababa de ayudar, simplemente no pudo dar el siguiente paso. Hasta aquel momento no tenía idea de quien era ella, pero solo bastó observar una vez más aquellos ojos cafés, aquella mirada tan profunda… para darse cuenta de que su viaje, había terminado.

No tuvo el valor de acercarse. Apenas si podía dirigirle la palabra. Así que decidió alejarse por el momento.

La observaba a los lejos. Era muy pronto para dejarle saber que estaba tan cerca, pero hasta que ese momento llegara, él se encargaría de que nada le sucediera. Sería su sombra en la oscuridad. ¿Cómo lo haría? No tenía idea. Confiaba en que algo se le ocurriría en el camino. Lo importante era que finalmente la había encontrado, ya nada más importaba.

Rocsan no la dejaba hablar. Desde que habían llegado a la Estación de Policía estuvo regañándola en todo momento.

            –       Déjala respirar Rose- decía Ted, quien ya estaba cansado de escucharla hablar.

             –       ¡Pero es que es verdad! Y tú eres peor, porque eres su hermano y en vez de regañarla lo que haces es…- decía eufórica al momento en que Ted, con toda su calma, se ponía de pie, la tomaba de los brazos y la sentaba.

               –       ¡Ya! Tranquila, para que la voy a regañar, si ya contigo le basta y le sobra.- terminó diciendo a lo que Rocsan no tuvo más que bajar la cabeza y sentirse un poco apenada por su actitud.

Los agentes estaban confundidos. No podían afirmar si se trataba de un lobo o un perro de esos de gran tamaño.  Lo cierto era que estaba suelto y había atacado a una persona dejándola en estado de gravedad. Había que detenerlo a cualquier costo.

             –       Al parecer las situaciones extrañas la persiguen, señorita Hope- escucharon la voz del policía que se les acercaba.

                 –       ¿Ya me puedo retirar?- preguntó Faith esperanzada

                      –       Si, ya puede irse- revisando unos papeles que sostenía en las manos- esperamos que Control de Animales se haga cargo de este asunto.

                         –       ¿Cómo está la chica?- preguntó Faith

                       –       Su estado es delicado, no le mentiré. Las heridas son un poco profundas y ha perdido demasiada sangre- dijo con cierto pesar.

                        –       Pero, ¿se va a recuperar?- preguntó a su vez Rocsan interesada.

                     –       Ojalá así sea. Lo cierto es que nadie lo puede asegurar- dijo en un suspiro, al parecer había tenido un día agotador. Dio las buenas noches y se retiró.

Esa noche Faith no pudo dormir. La misma pesadilla de siempre volvía a atacar. En ella veía como dos amigas gritaban de dolor mientras se desplomaban sobre el suelo, totalmente pálidas a causa de una mordida en el cuello. Sin embargo, esta vez se añadía una imagen más: Una joven a la cual apenas había visto par de veces, tirada en el suelo de un estacionamiento, desangrándose a causa de unas horribles heridas en la espalda y en la cara, y unas profundas mordidas en las manos con la ropa toda rasgada, gimiendo de dolor, y un enorme perro dispuesto a atacarla… Luego, la imagen de unos ojos que la miraban profundamente, pidiéndole disculpas por las cosas que había hecho.

Su sueño era intranquilo, y no paraba de moverse entre imágenes extrañas y desagradables. La ventana estaba semiabierta dejando entrar un aire frío. Ángel estaba a su lado, tentado a besarla pero se contenía, no debía hacer el menor ruido, así que solo se quedo ahí arrodillado a los pies de su cama, velando su sueño.

             –       ¿Cuántas cosas estarás viendo en tus sueños?- se preguntó a sí mismo un poco afligido. Sabía que lo que estuviera soñando no podía ser nada bueno.

Miró a su alrededor, por todos lados habían fotografías de ella junto a su familia o bien con sus amigos. Se detuvo en una foto que estaba en la mesita de noche al lado de su cama, se acercó a esta para observarla mejor. El conocía a las personas de la imagen, estaban ella y dos de sus amigas, las mismas que él había asesinado.

Una sensación terrible lo invadió. Ahí estaban sonrientes al parecer a mitad de algún viaje de escuela, parecían tan tranquilas, tan alegres, tan diferentes a como él podría recordarlas… No lo pudo soportar tenía que salir de allí o estallaría, se sentía agobiado, ofuscado, con ganas de gritar, de sacar el inmenso dolor que lo invadía.

En eso ella hizo un movimiento, estaba a punto de despertar. Dejó la fotografía boca abajo sobre la mesita de noche, le dio una última mirada y en ese instante ella abrió los ojos, algo alterada por el sueño que acababa de tener. Miró alrededor, estaba sola.

Sintió frío y se fijó en la ventana abierta, se puso de pie para cerrarla. Se detuvo un rato mirando hacia el cielo y suspiró. Luego volvió a su cama dándose cuenta de que una de las fotos poseía una posición diferente, la tomo en las manos y al observarla se sentó lentamente en la cama dejando caer unas silenciosas lágrimas de sus ojos.

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